lunes, 6 de enero de 2014

ENFOQUE GALILEANO DEL EXPERIMENTO DE MICHELSON-MORLEY

Hemos leído, a mediados de Febrero del año dos mil dieciséis, que por fin han logrado detectar ondas gravitacionales y que tal hallazgo confirma la predicción de Einstein de que el espaciotiempo que él inventara propagaría dichas ondas. Nada de eso. Las ondas gravitacionales, tal que modificaciones en la intensidad del campo gravitatorio que parten desde un cuerpo y se alejan hacia el infinito a la velocidad de la luz, no se propagan en ningún espaciotiempo, sino en el campo gravitacional del cuerpo. 
Lo sabemos porque, al igual que el éter, el espaciotiempo no existe. ¿Y cómo sabemos que no existe? No existe porque incumple el principio de relatividad. 
La teoría einsteiniana es antirrelativista. El espaciotiempo es el viejo éter en otro envase, por lo tanto, fue una engañifa el haber apellidado "de la relatividad" a la teoría de Einstein. 
Lo que en realidad implica el principio de relatividad es que los campos gravitacionales conforman con sus masas sistemas independientes. Si los campos gravitacionales fueran hondonadas en un sistema único universal, la relatividad sería falsa. 


Con este experimento Michelson y Morley aspiraban a medir la velocidad absoluta de la Tierra, lo cual es una pretensión contraria al principio de relatividad. 
Según este principio, sin referencia exterior no hay forma de atribuirse alguna velocidad. En la comisión de dicho experimento la relatividad no era aceptada y lo impulsaba la creencia en el océano cósmico llamado éter. 
La idea de Michelson y Morley era medir la velocidad de la Tierra a través de este océano cósmico, a contrapelo del principio de relatividad que implica que no existe tal océano, sino que el espacio es lo que no existe entre lo que existe. 
El concepto de espacio como vacío es una idea consustancial al materialismo de Demócrito de hace dos mil cuatrocientos años: Al estar la realidad constituida de átomos y de nada, no existe el movimiento absoluto, sino el de cuerpos respecto de otros. 
Sin embargo, en el diseño del experimento de M y M se reniega del principio de relatividad. Su propósito era exponer su falsedad a la vista de todos. Pero, consultada la Naturaleza, ésta ignoró la ocurrencia y ratificó la relatividad: El instrumento no registró movimiento alguno. 

Los físicos sólo tenían que asumir que su éter no existía, que no había un océano cósmico que propague la luz y que ésta participa, al decir de Galileo, de la inercia de los cristales y espejos del instrumento. 
Pese a su sencillez y a su relativo bajo costo nunca se hicieron experimentos que desmientan esta propiedad de los cristales y de los espejos.  
Salvo profundos prejuicios e intereses ajenos a la ciencia, no hay motivos para no aceptar que cristales y espejos retransmitan la luz a la velocidad mal llamada c, y más cuando hay antecedentes de fenómenos lumínicos que se explican del mismo modo: La aberración estelar, efecto óptico que se conocía hacía doscientos años, no se manifiesta en experimentos terrestres cuando la luz parte de espejos fijos a la Tierra, a pesar de recorrer los kilómetros suficientes y en la dirección adecuada para que el fenómeno pueda verse. Es lo que verifican los experimentos de Fizeau y Foucault anteriores al que nos ocupa y los posteriores realizados por el mismo Michelson. 
Después de más de ciento veinte años no hay consciencia de lo que pasó en la experiencia de M-M, ni tampoco de que el fenómeno de aberración de la luz no se presenta cuando su recorrido tiene origen terrestre.

Vistas las expectativas antes del experimento, luego el desconcierto por el resultado, y las paradojas (las absurdidades) hoy instaladas como solución, no hace falta decir que nadie entendió el veredicto de la Naturaleza en esa oportunidad, ¿cómo pudo suceder esto?
Pudo porque la relatividad venía siendo saboteada desde hacía miles de años, ya que es una idea implícita en el materialismo del ateo Demócrito cuyos libros quería quemar el teólogo Platón, libros que finalmente fueron destruidos, convertidos en palimpsestos por los monjes de la Escolástica, que los llenaron de demonología, de exorcismos y cosas así. 
Cuando por fin Galileo reveló la relatividad al mundo, el teólogo Newton, entre los más notorios, la hizo desaparecer tras su "sensorio divino": "El espacio absoluto, por su propia naturaleza y sin relación alguna con nada externo, permanece homogéneo e inmóvil". Newton, 1687. 
El espacio absoluto, al igual que el espaciotiempo, es un engendro superfluo y contrario a la dinámica atribuida al mismo autor, un fraude que nuestras mentes escolarizadas no podían ni sospechar dado el prestigio de Newton y porque, irónicamente, fuera él quien iniciara su matematización.   
¿Y por qué Newton abortó el desarrollo de la dinámica relativista cuando aún no había llegado ni a la mitad de su larga vida? Porque la relatividad conlleva una explicación de la realidad sin dioses ni demonios ni mundos de ultratumba, a contramano de una Cambridge cuyo propósito era formar clérigos, y de un Newton a quién la religión y el ocultismo le ocupaban todo el tiempo. Sin desmedro de sus logros, su estatus como científico no sería tanto si sus discípulos no lo hubieran esquilado del esoterismo que lo constituía en su mayor parte.
  
En el escamoteo de la relatividad colaboró con Newton su adversario Huygens con su también antirrelativista océano de éter luminífero. Está claro que tanto el Sensorio Divino como el Éter Luminífero son versiones del antirrelativista Océano de Dios. 
Como sabemos, el CERN con su LHC está enlistado en el antirrelativismo ya que pregona haber encontrado la molécula que constituye otra versión del Océano de Dios, el bosón de Higgs; y también la NASA ya que dice haber encontrado el océano de Dios llamado espaciotiempo con el Gravity Probe B. O sea: ¿por qué, entonces, llamamos "de la relatividad" a la teoría de Einstein habiendo entes universales a quien referir todo movimiento, el de la Tierra, por ejemplo? 
Como decimos a cada rato y no dejaremos de hacerlo hasta que por fin se entienda: "Einstein no erradicó al éter de la física, sino que le cambió el nombre y le atribuyó cualidades absurdas". Y no estamos diciendo "absurdas" porque no nos gusten y usemos peyorativamente ese adjetivo. El espaciotiempo es absurdo en serio, formalmente absurdo.  
El haber llamado "de la relatividad" a la (anti)relatividad de Einstein es otra artera engañifa contra la relatividad, que viene siendo atacada desde quién sabe cuándo, ya que desde siempre el poder político entretejido con la clase sacerdotal infecta las mentes de sus vasallos con creencias lo más absurdas posibles. ¡Y guay con pensar por propia cuenta! Vean, si no, lo sucedido a Sócrates por desdeñar a los imposibles dioses griegos. ¿Acaso Ronald R. Hatch, famoso experto en el uso del GPS, premiado en múltiples ocasiones y autor de 'Escape from Einstein', no demuestra todos los días que Einstein está equivocado? Y lo mal que le fue al Doctor Bryan G. Wallace, autor de 'The farce of physics', por haber tropezado, durante sus experimentos con radares, con que la velocidad de la luz es relativa como la de cualquier cosa que se mueva. ¿Y los varios miles de físicos disidentes del libro 'The Worldwide list of dissidents scientist'? ¿Por qué estas noticias no sacuden al mundo como es de esperar? El celoso cobijo de las absurdeces por parte del establishment no terminó con los juicios a Giordano Bruno y a Galileo Galilei.  

¿Por qué tanto desconcierto ante el resultado relativista del experimento de Michelson-Morley? Pues, porque la relatividad había sido borrada de la física ochenta años antes del mismo, desde que Fresnel, Young y otros lograron instaurar firmemente en la cultura al océano de Dios llamado éter.
Pasando la mitad del siglo XIX, ya liquidada la relatividad, Maxwell dio por descontado que sus campos electromagnéticos eran manifestaciones de un medio único universal que colmaba la nada. A principios del siglo veinte, Einstein, apodando a dicho medio espaciotiempo, emponzoñó la ciencia con la absurda idea de que todos los observadores del Universo, sin que importe la infinidad de sus movimientos rectilíneos uniformes posibles, están inmóviles en dicho ente. Claro que no es lo que el lector tenía entendido, pero en ello consiste la teoría de la (anti)relatividad restringida, es lo que implica el principio de constancia de la velocidad de la luz. 
Diez años después, pretendiendo generalizar la idea anterior, Einstein se despachó con la contraria: que todos los cuerpos del Universo se mueven a través de dicho espaciotiempo y que la gravedad se debía a la deformación provocada en éste por la masa de los mismos. Es decir: la TRR y TRG son incompatibles. 

El éter había sido recibido como el salvador de la física clásica, cuando en realidad era su enterradorSe pretendió que los cálculos para el experimento de Michelson-Morley estaban dentro del esquema de la física clásica, siendo que negaban su principio más importante, el de relatividad. Porque la relatividad significa que entre los cuerpos no existe un supuesto medio único y universal referente de movimiento, sino que, dada la infinitud de los campos, en cualquier sector del Universo en apariencia vacío se traslapan todos los campos del universo.
¡Cómo es posible que no haya consciencia de este escándalo en la física! 
A pesar de que en el ámbito de esta ciencia la palabra relatividad la representa en gran parte, la relatividad tal que principio no fue comprendida, y difícilmente vaya a serlo en estos tiempos saturados de ideas siniestras donde la verdad científica es necesariamente enemiga. Solo es tolerada en la medida de su utilidad en la industria de artefactos, desde los de uso doméstico hasta los muy ingeniosos destinados al dominio de congéneres, cuando no a su exterminio.
Ante la espeluznante realidad de miles de millones de cerebros enfrascados en recrudescentes supersticiones, cabe preguntarse cuántos años se habrá anticipado Galileo con su principio de relatividad, ¿mil ochocientos al igual que Aristarco de Samos y su heliocentrismo?
La relatividad implica que en el Universo, como ya lo decía Demócrito, no hay más que átomos en movimiento y vacío. Por supuesto que este sabio no se refería a lo que hoy mal denominamos átomos sino a los constituyentes últimos de la materia, los que constituirían finalmente al espectro de partículas conocidas y por conocer.
Se reitera que el principio de relatividad implica que los campos no existen en un medio universal, sino que son un mismo ente con sus fuentes. Cada constituyente último de materia es eterno y extenso sin límites, con una zona puntual de interacción, que parece poder manifestarse en cualquier lugar del campo (desaparecer aquí y aparecer allá sin transición), que interpretamos como partícula.
Si tales entes son de un solo tipo (los de Demócrito eran de varios tipos) e interaccionan y se acoplan, su infinitud en extensión explica la transmisión de efectos a inmensas distancia sin necesidad de un medio universal, sin contradecir el principio de relatividad. Porque relatividad significa que detrás de estos entes eternos está la nada. Relatividad significa que no hay, como fondo de los constituyentes últimos de la materia, ningún tejido elástico de espaciotiempo.
El espacio no existe: es lo que no existe entre lo que existe. 
El espaciotiempo no existe: es contrario al principio de relatividad. 
El tiempo no existe como dimensión fundamental: es una magnitud derivada del movimiento y las interacciones. Si no hubiera movimiento o cambio en el Universo, no habría tiempo. Este no es una magnitud por la que podríamos viajar.
Ante la perplejidad de algunos filósofos que argumentan que aunque nada se mueva sentimos el paso del tiempo, decimos que si el filósofo estuviera congelado y después volviera a la vida no tendría idea del tiempo transcurrido, que podrían ser minutos o siglos. Huelga decir que sentimos pasar el tiempo porque estamos vivos y conscientes, con todo el movimiento que eso implica, y funcionando correctamente nuestros relojes biológicos.

Habiendo la física abandonado la lógica y con una humanidad que cree vivir en un mundo salido de la nada, no hay cómo contrarrestar testimonios sobre paranormalidades, sobre profundas pláticas con alienígenas y con gente muerta (todos en conferencia); sobre paseos turísticos guiados por arcángeles por el cielo y el infierno (donde estarían alojados muchos ex sumos pontífices, según un "testimonio" en Internet), de que el agua se transforme en vino (sin cosecha, bodega, origen y cepa), con impecable aroma, sabor, buqué, color, astringencia, cuerpo, acidez total, dulzor, amargor y apenas sedimentos, y que de la nada aparezcan en un banquete merluzas, corvinas y congrios con sus historiales evolutivos completos, crudos o cocidos (qué más da), más dorados panes de varios tipos sin leudantes dañinos para la salud.
Si no fuera tan difícil, como digo en otro artículo, poner de acuerdo a tantos miles de individuos a través de los siglos y de las naciones no siempre amigas, es para afirmar que estamos frente a un complot mundial contra la ciencia. La razón de tanto disparate debe ser, nomás, que la definición de Aristóteles: "El hombre es un animal racional" no debe tomarse a pie juntillas. Hasta el abnegado y valiente soldado de la ciencia, Carl Sagan, creía en la teoría de Einstein y su espaciotiempo con agujeros de gusano, con lo que la esperanza de instaurar una edad de la razón en el corto plazo se evapora rápidamente.
Cuando a principios del siglo 19 Young y Fresnel, entre otros, confirmaron la naturaleza ondulatoria de la luz, se supuso que lo que ondulaba era un ente universal (algunos que el éter, otros que el espacio absoluto) y el significado de la relatividad —lo que ondula es un mismo sistema con la fuente— quedó aún más oculto.
De la relatividad galileana no se deduce que la luz, tal que onda, no necesite de un medio para su existencia y propagación. Lo que niega es que ese medio sea único y universal.
Quizás ayude a captar la idea suponer que cada cuerpo es el centro de un medio propio de propagación de ondas. La luz debe propagarse a velocidad única, pero no en un medio universal, sino en un medio propio que es el sistema en donde se originó su trayectoria. Es una consecuencia lógica sin la cual el principio de relatividad no se cumpliría. Orígenes de trayectoria son, por ejemplo, superficies donde la luz se refleja o cuerpos transparentes que atraviesa, aunque en realidad lo que hace es retransmitirse en tales cuerpos. Esto nos explica automáticamente el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley: la luz viajó a la velocidad ya conocida por Michelson entre los cristales y espejos de su interferómetro.
Dadas las características constructivas de sus anteriores dispositivos, Michelson jamás podría encontrarse con distintas velocidades de luz, ya que sus trayectorias tenían origen en elementos fijos en el aparato.
No es necesario hacer una descripción del interferómetro ni de los pasos matemáticos que llevan a las siguientes expresiones pues figuran en muchos textos. Lo que no se encuentra en ellos es el siguiente enfoque analítico de estas ecuaciones:




En las expresiones de arriba, como lo hemos leído en los libros de física, T1 es el tiempo que le toma a uno de los rayos de luz para ir y volver por el brazo del interferómetro ubicado en la dirección del movimiento de la Tierra, y T2 es el tiempo tomado por el otro rayo de luz en cubrir la misma distancia de ida y vuelta pero en el brazo transversal.
Los numeradores son idénticos y representan el tiempo que le tomaría a los rayos de luz para hacer su recorrido si el aparato estuviera en reposo en el éter, o también si la luz participara, al decir de Galileo, de la inercia de los espejos del interferómetro.
Los denominadores son diferentes y representan las modificaciones en los tiempos causado por el movimiento del aparato a través del éter. Observe que si el éter no existiera los denominadores no tendrían que estar ahí, ellos representan la negación de la relatividad. El veredicto del interferómetro fue rotundo:



Dado que la Tierra se mueve alrededor del sol, este resultado no significa que el instrumento está en reposo en el éter, sino que obedeció al principio de relatividad galileano. Los denominadores no estarían ahí si el éter no colonizara el cerebro de los físicos.
La verdad puede ser inferida por cualquiera que piense un poco, pero no cualquiera va a incorporarla si sabe que va en contra del consenso. La conclusión lógica es: cada cuerpo es el centro de un sistema infinito con propiedades ondulatorias, lo cual implica que la relatividad galileana es también válida para la óptica.
Pero como sabemos, este resultado no fue el que se esperaba: la expectativa de los físicos era medir la velocidad absoluta de la Tierra, o sea, impugnar la relatividad. Pero la naturaleza, indiferente a las preferencias humanas, no hace concesiones.
Los físicos de esos días, igual que los de ahora, estaban lejos de entender lo que había pasado. Tan grande era (y es) su confusión que llegaron a la conclusión que la física Newtoniana había fallado. Ellos creían (y creen) que el éter universal es consustancial a la física clásica. A pesar del inapelable veredicto relativista del interferómetro, los físicos no aceptaron la relatividad, o lo que es lo mismo, no abandonaron la hipótesis del éter universal, incluido entre ellos Albert Einstein. 
Como resultado del experimento de Michelson-Morley, los físicos se abocaron a la confección de hipótesis ad hoc para conciliar la relatividad y el éter.
Como hemos leído en los textos, la primera idea “fructífera” vino de Fitzgerald y Lorentz y es la siguiente: los tiempos T1 y T2 resultaron iguales no porque no hubiera éter sino porque el brazo del aparato ubicado en la dirección del movimiento de la Tierra sufrió un acortamiento en la medida de su velocidad respecto del mismo.
Mire cómo fue el colapso de la física: Newton llenó el vacío relativista con una sustancia ficticia llamada Espacio Absoluto y Sensorio Divino que no se infiere de su Dinámica. Huygens ayuda apoyando una sustancia universal que ondula para explicar la luz, Young y Fresnel interpretan los hechos experimentales en base a esa hipótesis. Luego Maxwell, formado en la atmósfera antirrelativista, no tiene dudas de que un medio universal es el soporte de los hechos electromagnéticos y ópticos. Después Lorentz le endosa al éter la propiedad de acortar los cuerpos según su velocidad en él. Cada vez nos alejamos más de la verdad y las tinieblas se abaten sobre la física. Solo falta Einstein para que la física descarrile y la oscuridad sea completa durante todo el siglo.


Como consecuencia de la mutilación de Lorentz las expresiones quedaron así:



Hay que decir que esto es un disparate, estas ideas han recibido inmerecidos tributos durante todo el siglo veinte: Observe que los denominadores etéreos continúan en su lugar negando la relatividad ya confirmada. La expresión de la izquierda es consecuencia de una contracción no establecible, ya que... ¿cuál es nuestra velocidad absoluta V?... y ambas indican un valor mayor para T1 y T2 del cual nunca sabremos por el mismo motivo. Estas ecuaciones no explican nada de nada, sobre todo porque expresan un acortamiento que según la propia teoría no ocurre en un sistema local.