domingo, 5 de enero de 2014

LA REVOLUCIÓN COPERNICANA FUE SOFOCADA

La revolución copernicana, resistida desde sus inicios por los enemigos de la ciencia (de la ciencia como bien común), finalmente fue sofocada mediante la (anti)relatividad de Einstein. 
La esencia de dicha revolución era el principio de relatividad. La Tierra no es el referente absoluto de movimiento. Tampoco lo es el Sol ni la Vía Láctea ni ninguna clase de ente o sistema: «No hay referente universal de movimiento»; «No existe el movimiento absoluto»; «Ninguna clase de experimento puede discriminar, sin referencia exterior, si el sistema en el que se realiza se encuentra en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme»... 
El principio de relatividad revelado por Galileo sólo es válido si el espacio es nada, si es "lo que no existe entre lo que existe". No existe el movimiento respecto del espacio. El movimiento de todo cuerpo finito es sólo respecto de otros cuerpos finitos.
  
Pero hoy tenemos otra "relatividad": la de Einstein, en la cual los cuerpos atraviesan el "espaciotiempo", un cuerpo único universalmente extendido que se expande, se deforma y se agujerea, y que quizás "algún día hemos de plegar, suprimiendo así la distancia entre galaxias y llegar a ellas en segundos por dentro de los agujeros de gusano, túneles de verdadera nada, de vacío propiamente dicho". 
Es obvio que el espaciotiempo no es el espacio vacío, ni la relatividad de Einstein la de Galileo. Pero si leemos la literatura einsteiniana nos dirá que sí, que el principio es el mismo y que la hazaña de Einstein no fue otra que extender la relatividad de Galileo a la óptica y al electromagnetismo. Hace más de un siglo que se dice este disparate. 
Los problemas de la física se deben, justamente, a que dicha generalización nunca se hizo, y la razón (además del conservadurismo científico y la inercia de los paradigmas) es una hipótesis subyacente por la cual en sus lucubraciones los físicos excluyen de la relatividad galileana a la óptica.
La (anti)relatividad einsteiniana no es de ningún modo la generalización del principio de relatividad de Galileo, sino un punto de vista opuesto y absurdo porque mientras en la relatividad galileana no hay en el Universo un sistema de observación privilegiado, en la (anti)relatividad einsteiniana lo es todo sistema en el cual se encuentre el observador. ¡No es lo mismo!
Según la teoría de Einstein, un observador en el sistema A está en reposo en el éter de Lorentz (el que contrae los cuerpos) y otro observador en el sistema B (en movimiento respecto de A) también está en reposo en el éter de Lorentz. Por eso, según esta teoría, ambos observadores obtienen siempre la misma velocidad para la luz "cualquiera sea el estado de movimiento de fuentes y observadores". 
Claro que no van a encontrar en ningún lado que Einstein haya dicho ésto, pero es lo que inventó para preservar el éter cuando fallaron todas las pruebas para demostrar su existencia.
¿Y por qué tanto celo en resguardar tamaña hipótesis? Porque de otro modo el materialismo ateo deflagraría en el mundo occidental y cristiano. Celo al que finalmente adhirió el mundo entero, ya que ninguna religión del mundo es amiga del materialismo. 

De modo que la explicación real que la teoría de Einstein le da al resultado negativo del experimento de Michelson-Morley (y al de todos los demás experimentos destinados a probar la existencia del éter) es: «El éter existe aunque los experimentos digan lo contrario. ¿Por qué no lo detectamos? Pues, porque cada observador con su instrumento de medición está en reposo en el mismo»
Claro que lo anterior va contra la lógica porque, según las leyes supremas del pensamiento, si todos los cuerpos del universo estuvieran en reposo en el éter también lo estarían los unos respecto de los otros, lo cual (al igual que las aporías de Zenón de Elea y por las mismas razones) está en contradicción con el desaforado movimiento a nuestro alrededor, en nuestro interior y en todo el Universo. 
Es obvio que el segundo postulado de Einstein contradice el movimiento aunque no lo diga y aunque su teoría se refiera al mismo. Es igual a lo que hizo Zenón de Elea en sus aporías (en la de Aquiles y la tortuga, por ejemplo): especuló con el movimiento para negar que éste fuera posible. ¿Cuál es la razón de las 'aporías' de Zenón de Elea y de las 'paradojas' de Einstein de Ulm? Los absurdos de ambos surgen por negar el espacio como nada, como lo que no existe entre lo que existe. 
Habrán leído el aserto de los filósofos místicos de los tiempos antiguos y de los actuales: "La Naturaleza le tiene horror al vacío". Por supuesto que no es la Naturaleza la horrorizada, sino ellos ya que la nada es materialista, impiadosa y políticamente inconveniente ya que volatiliza el trasmundo mágico funcional al poder político. Siendo la inteligencia básicamente la misma en los diferenciados estratos sociales, el poder de unos pocos se sostiene entorpeciendo el discernimiento de los muchos. 
Los devotos de Einstein no son conscientes del real significado de la teoría a la que adhieren. No advierten, como dijimos y diremos, que el segundo postulado de ésta implica que todos los cuerpos del Universo están en reposo en el éter de Lorentz, y que esto no es posible ya que el movimiento existe. La obvia existencia del movimiento contradice a Zenón, lo cual no hizo mella en él. Éste desestimó dicho argumento diciendo que el movimiento es una ilusión. El movimiento también contradice a Einstein, pero él convenció a todos de que sus teorías están más allá de la crítica.    
¿Cuál sería el verdadero "mérito" de Einstein? Pues, invaluable para los enemigos de la ciencia como bien común: Einstein arrastró fuera de la lógica, al corral del subjetivismo, nada menos que a la física, con lo cual quedó desactivada toda objeción racional al misticismo. Hace más de cien años que la ciencia no es la contrapartida de la magia, sino su sirvienta. 
Es así que, contrariamente a lo esperaba La Ilustración, la ciencia no está escobando las religiones. No hay más que ver cómo éstas prosperan en un siglo donde se supone que la ciencia avanza a pasos agigantados.

Einstein está equivocado y con él no sólo el paradigma vigente, sino la casi totalidad de sus disidentes, ya que la casi totalidad de ellos pugnan por la reivindicación del éter. 
Jean de Climont Associates Ltd. publica una lista de más de ocho mil disidentes. El problema es que casi todos ellos apoyan al antiguo éter: el ente antirrelativista extendido por todo el Universo igual que el espaciotiempo. 
La razón de este yerro compartido por adherentes y disidentes es esa hipótesis subyacente que desde hace milenios empaña el criterio de filósofos y científicos. De retirarse semejante estorbo resulta que las supuestas ratificaciones experimentales de la teoría einsteiniana devienen en una nítida validación de la relatividad galileana, de las leyes de Newton, de la lógica formal y del buen sentido.

Por fin, con Copérnico, Kepler y Galileo, la física se encarrilaba en la vía franca de la ciencia. Y a pesar de los feroces ataques de los beneficiarios de las grandes patrañas, la humanidad se ha visto grandemente favorecida por sus logros, al menos en su aplicación tecnológica. Pero como ciencia pura, tal que actividad consagrada a descifrar la realidad, la física siempre estuvo manipulada por sus enemigos.
En la confusión alimentada por usinas en quién sabe dónde, hoy, como ya se dijo, la divergencia entre los einsteinianos y sus opositores pasa mayormente por adherir o no al éter. Se trata de una discrepancia ficticia ya que la (anti)relatividad einsteiniana también está constituida por una versión del éter. Por supuesto que no es lo que decía su autor en un principio ni lo que dice ahora la literatura einsteiniana tanto académica como de divulgación. Y que muchos años después el mismo Einstein admitiera su adhesión a la hipótesis del éter (que niega la relatividad que le da nombre a su teoría), no es algo que se escuche a cada rato. 
Einstein, según se deduce de sus escritos, de ningún modo ignoraba que la hipótesis del éter y el principio de relatividad eran excluyentes, pero al mezclarse en su después famoso cerebro el espacio absoluto’ de Newton con el espacio a priori’ de Kant (su filósofo de cabecera), mal supuso haber encontrado un nuevo punto de vista desde el cual no lo eran: una versión del espacio donde la velocidad de la luz es única, independiente del estado de movimiento de fuentes y observadores. Y esto fue porque, según Kant, el espacio no es la nada fuera de nosotros, sino un dispositivo de la mente, un hangar virtual donde se organizan y estiban los datos que aportan los sentidos. Las paradojas —las contradicciones, las ilogicidades— que semejante ensamble conlleva fueron atribuidas a supuestas e indeterminadas limitaciones de nuestra víscera sanguinolenta intracraneal.
Al contrario de la casi totalidad de los que disienten del einsteinismo, aquí estamos a favor de la relatividad (en contra de la supuesta existencia del referente universal de movimiento, llámese éter o espacio como ente real). El objeto de este artículo es crear consciencia de que la teoría einsteiniana no es la verdadera teoría de la relatividad, sino una inadmisible tergiversación del concepto en el que dice basarse. Por eso no se usa aquí el término "relativista" para referirse a lo einsteinista.
Si el principio de relatividad de Galileo hubiese sido asimilado, en Newton no hubiera surgido la idea del ‘espacio absoluto (sensorio divino)’ ni en Huygens el ‘éter luminífero’ ni en Einstein el ‘espaciotiempo’ ni en Higgs el campo homónimo. Hipótesis, todas ellas, obviamente contrarias a ese principio.
No es cierto, entonces, que Einstein extirpara el éter de la física. Lo que hizo fue cambiarle el nombre y asignarle propiedades insólitas para conciliarlo con los hechos que refrendaban la relatividad, y para colmo las dos versiones del éter para sendas teorías —para la (anti)relatividad restringida y para la (anti)relatividad general—, se excluyen mutuamente como se verá a lo largo de este artículo.
Adrede o no, lo cierto es que el principio de relatividad fue escamoteado a la vista de todo el mundo. El engendro einsteiniano es harto conveniente a los que habitan la cima de la pirámide social  —la verdad nos haría libres de ellos—, pues por su causa la distinción entre realidad y portento se ha difuminado y la ocasión es aprovechada para desacreditar la razón y sus inoportunas revelaciones, y para promover las creencias absurdas que sostienen el ‘actual estado de cosas’.
La reacción contra la verdad no terminó con el juicio a Galileo. La revolución copernicana —y su relatividad— fue finalmente sofocada, y el responsable más notorio fue Newton: A pesar de los logros científicos que se le atribuyen, la mayor parte de su vida la dedicó empeñosamente a actividades enemigas de la ciencia. La mayoría de sus escritos tratan sobre esoterismo y religión, y no para desacreditarlos.
Consistente con su carácter, al ver el teólogo Newton que la razón era capaz de descifrar el funcionamiento de la realidad y que los frutos del materialismo le caían en la cabeza, fue a guarecerse al antiguo espacio de los místicos atenienses que adoptara la escolástica, concebido como un cuerpo infinitamente extenso. Dicho espacio no es, precisamente, el vacío de los filósofos materialistas jonios, que mal podría haber servido como referente de movimiento a Zenón de Elea y al místico Aristóteles. 
En el espacio sustancioso de estos dos últimos sucede algo rarísimo: Aquiles no puede alcanzar a las tortugas, tampoco a los caracoles, nadie puede, ni siquiera un misil si los caracoles se mueven en la misma dirección y sentido.
Si, como decían los jonios de Sagan: "en la realidad no hay más que átomos y vacío", entonces no hay lugar para el sensorio divino de Newton ni para el éter de Fresnel ni para el espaciotiempo de Einstein ni para el campo de Higgs ni para horripilantes inframundos y paradisíacos supramundos auxiliares del poder político. Por supuesto que el peor enemigo de los ultramundos, de las teocracias y de la política enredada con religiones, es el materialismo (o los dioses no existen o están hechos de materia. Si éste fuera el caso, la biología podría ocuparse de ellos). No por nada es ferozmente combatido por las élites. 
Newton llamó a su invento antirrelativista ‘espacio absoluto’ y ‘sensorio divino’. El cual no dedujo —ni él ni nadie— de la dinámica que lleva su nombre, pero conviene a los asuntos que tanto lo absorbían: cábala, astrología, alquimia... absurdeces que la nada aniquila igual que a los trasmundos con sus dioses y demonios.
Otro gran responsable, adrede o no, fue Huygens porque defendía también la existencia de un medio universal al que creía imprescindible para la propagación de las ondas de luz.
La revolución copernicana fue finalmente sofocada cuando a principios del siglo diecinueve Young y Fresnel lograron imponer en el ámbito científico al ente antirrelativista aludido.
« ¿Y Einstein? ¿Qué fue lo que hizo, eh?»
Einstein le echó encima la lápida más pesada del mundo: su famosa teoría, por la cual la comunidad de la ciencia se desmanteló a sí misma al claudicar con que la crítica no es aplicable al nuevo enfoque y desde entonces todo argumento que discrepe con Einstein nace desaprobado.
Si mentes perversas no planificaron esta calamidad y es solo el resultado de grandes pero inocentes equivocaciones, entonces urge advertir que el criterio humano aplicado a la física se empaña desde siempre en la densa bruma de una hipótesis subyacente: el espacio como referente de movimiento. 
Entonces, si el aborto de la revolución copernicana no fue premeditado, dicha hipótesis viene confundiendo a todos desde los tiempos de Zenón de Elea. Como ya explicamos, este filósofo, partiendo de dicha premisa falsa, concluyó en que Aquiles no debería alcanzar a la tortuga. Y Einstein, por la misma razón, concluyó en que el tiempo se dilata, en que la masa aumenta con la velocidad y en el resto de las paparruchas.
La física tal que ciencia, no tal que tecnología, cuyo valor intrínseco es la verdad, lleva milenios de retraso: Las aporías de Zenón y las paradojas de Einstein se deben a la misma falsa creencia.
Las paradojas, más otros fenómenos surrealistas anticipados por la teoría de Einstein, llevan décadas siendo ampliamente aceptadas como hechos reales. Para colmo los científicos, por la prejuiciosa interpretación de sus experimentos, dan fe cotidiana del éxito de las predicciones de Einstein. La extrañeza con que los neófitos reciben tal interpretación de los fenómenos es atribuido a "fallos en sus sistemas nerviosos centrales cuando intentan comprehender hechos más allá de su ámbito evolutivo".
Los que rinden su juicio al dogma einsteinista, al igual que los embaucados por los charlatanes de la mística, creen haberse elevado por encima de los que lo rechazan y haber alcanzado un nivel superior de conocimiento. Como era de esperar, alguno que otro doctor en física encontró una veta en el ámbito de la mística: filosofía cuántica. Debe ser cierto, nomás, que nos precipitamos hacia la nueva edad media tecnológica. Con la ciencia aturdida por la lisergia einsteinista el misticismo retorna a los ámbitos de los había sido expulsado. 
Este trabajo demuestra que las paradojas de la (anti)relatividad einsteiniana son solo naderías, consecuencias inevitables de la presencia de dos premisas contrarias en la misma teoría: la negación del referente universal de movimiento y la introducción del mismo en dos modos que a su vez se contradicen: la ilógica Constancia de la velocidad de la luz en la Teoría de la Relatividad Restringida —todos los cuerpos del Universo están quietos en el único éter de Lorentz— y el ente elástico y universal en la Teoría de la Relatividad Generalizada.
La relatividad galileana, la que dice que no hay experimento, dentro de un mismo sistema, que pueda diferenciar entre el estado de reposo y el movimiento rectilíneo uniforme, es la que realmente rige sobre los fenómenos, pero la dicha hipótesis subyacente, el espacio como ente concreto, impide su asimilación.

El núcleo de la teoría de la (anti)relatividad de Einstein, la razón de sus paradojas, es el abandono de la lógica. Se preguntará por qué sigue vigente después de un siglo: Dejando de lado especulaciones al parecer paranoides, aunque la mentira sea "la primera fuerza que mueve al mundo", lo cierto es que los experimentos correctos para evidenciar su falsedad aún no se han realizado.
Hemos estudiado que los físicos del siglo 19 quedaron atónitos cuando todos sus experimentos para determinar la velocidad absoluta de la Tierra dieron resultado nulo. Tal fue su desconcierto que hasta se habló de un complot de la naturaleza para frustrarlos. Finalmente, hace un siglo, sin haber llegado a la explicación racional de estos artículos, el sentido común, la lógica y las leyes de Newton fueron declarados obsoletos.
Está visto que el sentido común estuvo ausente en aquellos días al igual que en éstos, ya que el resultado de esos experimentos no fueron otros que los previstos por las leyes de Newton. Embotados por el éter los físicos no advierten que sus experimentos las corroboran nítidamente.
Esos resultados, nunca entendidos, probaron que la relatividad de Galileo no estaba limitada a la dinámica, sino que era válida también para la óptica y el electromagnetismo. Esta es la verdad, ya que tampoco con los experimentos de óptica y electromagnetismo fue posible detectar una diferencia entre el movimiento rectilíneo uniforme y el estado de reposo.
Pero el objeto de los físicos no era demostrar la validez universal del principio de relatividad, sino todo lo contrario: lo que querían era ratificar la existencia del éter. Si no cierra su mente entenderá que esta es la interpretación correcta, ya que, al contrario de lo que se enseña actualmente, si los físicos del siglo 19 hubieran logrado medir la velocidad absoluta de la Tierra el principio de relatividad no sería válido para la óptica.
Observe que Newton, a pesar de él mismo, formula una dinámica relativista. Los físicos deberían haberse percatado, dado el resultado de los experimentos, que la óptica y el electromagnetismo obedecían a la relatividad galileana. Las leyes de Newton no fallaron, todo lo contrario, fueron confirmadas, ya que fue demostrado que su contraparte, el éter universal, no existe. Lo sorprendente es que nadie parece advertir que el éter universal no pertenece a la mecánica newtoniana (ni tampoco al electromagnetismo maxwelliano, a pesar de Maxwell).
Se lee en los textos académicos, y los profesores lo retransmiten irreflexivamente, que los cálculos hechos para el experimento de Michelson-Morley eran correctos dentro del esquema de la física clásica... Eran incorrectos porque la relatividad galileana formulada por Newton implica la inexistencia de un referente absoluto de movimiento. El resultado de este experimento fue el que tenía que ser, no era para desconcertarse ni para asombrarse ni para abjurar de Newton ni del sentido común si se hubieran asimilado sus leyes.
La mecánica de Newton —relatividad de Galileo mediante— es la que describe correctamente el resultado del mencionado experimento. Otro tipo de explicación no es necesaria ni preferible. Einstein, como quedará aclarado, no explica el resultado de este experimento ni ningún otro fenómeno derivado de esa explicación.
Sucede que el espacio como “sustancia” es una idea difícil de erradicar, como si formara parte de nuestra estructura psíquica. Las leyes de Newton implican la relatividad, la no-existencia de un espacio como ente real, sin embargo su autor defendió su existencia hasta el fin ¿dónde residiría su universo mágico, si no? Newton era un esotérico, pretendía adivinar el futuro en base a textos antiguos. Pero a pesar de sus actividades, reñidas con las científicas, su formulación de la dinámica no fue contaminada, aunque sí postergado su desarrollo.
Lo opuesto sucedió con Einstein: éste advirtió que el principio de relatividad era ratificado por los experimentos de óptica y electromagnetismo, pero no pudo con su prejuicio del espacio material. El resultado de los experimentos destinados a detectar el espacio absoluto/éter mostró que éste no existe... Paradójicamente, y esta es la madre de las paradojas de su teoría, Einstein manifiesta que no es necesario considerar su existencia, pero de igual modo lo introduce en la física ¿Hay acaso una imagen más evidente e indiscutible de este hecho, que su visión de planetas y estrellas deformando, en la medida de sus masas, un continuo espacio común? ¿No es que un ente así niega la relatividad? Si entendimos el concepto de relatividad sabemos bien que el campo gravitatorio no puede ser una hondonada en el espacio común porque no hay un ente tal. El campo gravitatorio no tiene existencia en un sistema distinto del de la masa a la cual pertenece; el campo gravitatorio y su masa intrínseca son el mismo sistema.
Einstein introdujo una contradicción y ahora tenemos una física paradójica que describe hechos desaforados y, en ausencia de la lógica, ilegítimamente homologados. La gente la acepta debido al peso de los medios, del principio de autoridad o por falta de un sano escepticismo. 
Con la lógica exiliada de la física no es posible desenmascarar sus errores. Si alguna vez la revolución copernicana va a reanudarse, habrá que repatriarla.