jueves, 2 de enero de 2014

EL ÉTER DE EINSTEIN

Hemos leído, a mediados de Febrero del año dos mil dieciséis, que por fin han logrado detectar ondas gravitacionales y que tal hallazgo confirma la predicción de Einstein de que el espaciotiempo que él inventara propagaría dichas ondas. Nada de eso. Las ondas gravitacionales, tal que modificaciones en la intensidad del campo gravitatorio que parten desde un cuerpo y se alejan hacia el infinito a la velocidad de la luz, no se propagan en ningún espaciotiempo, sino en el campo gravitacional del cuerpo. 
Lo sabemos porque, al igual que el éter, el espaciotiempo no existe. ¿Y cómo sabemos que no existe? No existe porque incumple el principio de relatividad. 
La teoría einsteiniana es antirrelativista. El espaciotiempo es el viejo éter en otro envase, por lo tanto, fue una engañifa el haber apellidado "de la relatividad" a la teoría de Einstein. 
Lo que en realidad implica el principio de relatividad es que los campos gravitacionales conforman con sus masas sistemas independientes. Si los campos gravitacionales fueran hondonadas en un sistema único universal, la relatividad sería falsa. 


Hoy resulta una temeridad insistir en que nadie conoce el significado de la "relatividad" einsteiniana, y más temeridad aún en que su propio autor, Albert Einstein, tampoco lo conocía. 
La gente se subordina al principio de autoridad y defiende como propias un monte de creencias implantadas, erróneas o adrede falsas. 
Es irónico y lamentable que quienes deberían trabajar duro para erradicar de la física a las falsas creencias sean los que las defienden, lo cual contrasta duramente con el espíritu de la ciencia.
Claro que no faltan los que advierten inconsistencias y contradicciones en las creencias instaladas y tratan de dar aviso a sus fuentes para que sean corregidas. Demás está decir que sus iniciativas son desestimadas sin trámites como «ocurrencias de chiflados».
Encima de la consabida inercia de los paradigmas científicos, en el mundo de la física rige un mandato milenario que consiste en ocultar la nada a como dé lugar. El "campo de Higgs" es el último invento del antirrelativismo con ese fin, porque dicho "campo" no es la nada: la colma, la camufla. Y el mismo propósito tienen el espaciotiempo de Einstein, el éter de Huygens-Fresnel y el sensorio divino de Newton. 
Cabe mencionar al más antiguo de estos entes antirrelativistas, utilizado hace milenios para ocultar la nada del materialista Demócrito: El espacio de Zenón de Elea, de los místicos Platón y Aristóteles, y siglos luego el de los teólogos de La Escolástica. 
El espacio de Zenón de Elea (no inventado por él, sino vuelto famoso por sus aporías) no era tampoco un espacio vacío, sino también un cuerpo universalmente extendido. Si así no lo fuese, Zenón no hubiera referido al mismo las distancias recorridas por Aquiles y la tortuga en la famosa competencia. La nada no es referencia.
Que la creencia en un espacio referente de movimiento era equivocada quedó demostrado por lo absurdo de su conclusión: La tortuga derrota a Aquiles.  

Supongamos que Einstein no sabía que su relatividad no era relativista, sino una variante desatinada del éter de Lorentz.  
El éter de Lorentz, al igual que el éter de Fresnel, es un supuesto ente universal, único y omnipresente, que a su vez es la sustancia de los campos y el medio de propagación de las ondas producidas en éstos. Pero el éter de Lorentz traía una novedad: la de contraer los cuerpos que lo atraviesan. Y como si más extravagancias hicieran falta, aparece Einstein y propone lo siguiente, ¡abra los ojos!: «Todos los sistemas de referencia (sistemas no acelerados), cualquiera sea la velocidad de unos respecto de otros, están todos inmóviles en el éter de Lorentz». 
Aunque en ningún lado figura que Einstein haya dicho eso, no hay otro modo de que la velocidad de la luz fuera única para todos los observadores, y si aún no quedó claro para todo mundo que dicho postulado es un disparate es porque todos los experimentos para poner a prueba este postulado se hicieron mal, tan mal que cuesta creer que no los hicieron mal a propósito.

En el año 1917 Einstein escribió un libro llamado ‘El significado de la relatividad’, en el que puede comprobarse que del significado de la relatividad no tenía idea. 
Según la (anti)relatividad einsteiniana, aunque ésta no lo diga, todos los observadores en sus respectivos sistemas de referencia (en movimiento uniforme unos respecto de otros), están todos inmóviles en el éter de Lorentz. Por supuesto que es absurdo y revela el peso del subjetivismo filosófico, en auge en esos años, sobre el tierno cerebro del joven Einstein. 
Para Einstein, sin consciencia de la flagrante contradicción entre su enfoque y el principio de relatividad, cada observador no acelerado se encuentra en un mirador privilegiado, en un punto de vista absoluto: inmóvil en el éter de Lorentz. 
Einstein no sacó esta absurdidad de la nada, sino de la 'Crítica de la Razón Pura', libro que leía desde los trece años: «Si el espacio no está afuera, sino en la mente de uno, todo lo que se mueve lo hace respecto de uno. Uno es el referente absoluto de movimiento»
Si agregamos que todo lo que se mueve a nuestro respecto se contrae, ahora ya sabemos en qué consiste la "relatividad" einsteiniana. 
Por eso es que para Einstein, en los sistemas ajenos, los interferómetros de Michelson-Morley "se contraen en la dirección de su movimiento y según su velocidad", pero en el propio sistema nada de eso ocurre, ya que cada observador está inmóvil en su propio espacio. 
De ahí que Einstein no explique, al contrario de lo que se enseña en las universidades, el porqué del fracaso del experimento de Michelson-Morley hecho en Cleveland en el año 1887. 
Einstein apela a la contracción de un brazo del interferómetro para explicar el inesperado resultado de ese experimento, siendo que para el propio Einstein dicho "fenómeno" no ocurre en el sistema propio, sino en los ajenos.

Los físicos abandonaron la lógica y se abrazaron al absurdo. Al poco tiempo el indefendible éter, disfrazado de cosa rara, de espaciotiempo, quedó al cobijo del principio de autoridad, lejos de la crítica. 
Que semejante fraude haya sido mundialmente deglutido, y defendido ferozmente, no podría entenderse si no supiéramos del clásico «horror a la nada» de las clases sacerdotales y de las élites aristocráticas con ellas entretejidas: Sócrates se encontraría inmóvil en el éter de Lorentz al igual que José. Pero (según Einstein), Sócrates y José no tienen por qué estar inmóviles uno respecto del otro como mandan las leyes supremas del pensamiento.
Después de ver este desatino el lector puede animarse a coincidir en que cada cuerpo material es el centro de un sistema infinito cuya interacción con otros sistemas, de algún modo, se manifiesta como gravedad y demás fuerzas. No hay otra forma. Si algo han demostrado todos los experimentos es que no hay un sistema universal que propague ondas. Como diría Galileo, las ondas participan de la inercia de sus fuentes, se propagan en su propio sistema de referencia.
La verdad es que en todos los sistemas no acelerados los tiempos, velocidades y distancias de recorrido de la luz por sus propios interferómetros no son otros que iguales para propios y ajenos, ya que la luz parte simultáneamente y recorre distancias iguales yendo y viniendo entre los cristales y espejos fijos en cada uno de los interferómetros del Universo, ya que de acuerdo con el principio de relatividad que Galileo revelara, la luz participa de la inercia de los elementos en los que se retransmite, estos son, los cristales y espejos del instrumento.

Las expresiones siguientes explican el verdadero resultado del experimento de Michelson-Morley: 


Este resultado relativista contradice la explicación einsteiniana con los denominadores gemelos, lo que demuestra que su teoría, contrariamente a lo que enseñan las universidades, no explica en modo alguno el resultado del experimento de Michelson-Morley, ya que el instrumento estaba, obviamente, clavado en su laboratorio en esa ocasión. 
Las expresiones con los denominadores gemelos, según el propio Einstein, solo se aplican a interferómetros en sistemas de referencia ajenos, en movimiento respecto del nuestro. 
El resultado obtenido por Michelson-Morley es el indicado por las expresiones de arriba. No es necesaria ninguna contracción de Lorentz ni teoría insólita que lo justifique. No hay paradojas en la teoría de Einstein, sino absurdeces a secas. La Naturaleza, por lo menos en este caso, se comportó según lo previsto por Galileo para cualquier cosa que se mueva, ya sea luz viajando, peces nadando, polillas volando y caballos galopando.
En la Naturaleza no hay dilatación del tiempo ni contracción de longitudes ni incremento de la masa con la velocidad. Huelga decir que si en las ecuaciones la velocidad, intrínsecamente relativa, es supuesta constante, los términos constantes —la masa y el tiempo— se volverán variables. Y si hay equivalencia entre la masa y la energía (si no se trata de otra interpretación errónea como el aumento de la masa con la velocidad, de dónde se deduce), la explicación tiene que ser muy distinta de la inferida desde el principio falso de la constancia de la velocidad de la luz.
Aunque los físicos contemporáneos crean verlos todos los días, 
quizás encandilados por los destellos de las explosiones atómicas, los mencionados "fenómenos relativistas" nunca existieron: «¿Cómo es posible semejante explosión? ¿De dónde salió tanta energía?». Pero, por otro lado, ¿Qué es lo que hacen las fuerzas nucleares? ¿No es que aprisionan —en minúsculos núcleos—, a millonadas de millones de protones que entre sí se repelen y con más fuerza cuanto más próximos se encuentran? Aunque la masa no se transforme en energía, da miedo pensar que pasaría si encontráramos el modo de liberar tales partículas. ¿Sería una explosión atómica distinta de cuando la masa se transforma en energía o estamos hablando de la misma?
Nadie adhiere a la teoría de Einstein por razonamiento, sino por confianza irreflexiva en el principio de autoridad y por atavismos que desaconsejan aislarse de la manada. 
Desde otro enfoque, la historia de la física y de la filosofía parece ser una cronología de los medios utilizados para ocultar o embotar el milenario punto de vista materialista y ateo de los físicos de la antigua Jonia. Según Carl Sagan, si estas ideas hubieran prevalecido, hoy tal vez la humanidad estaría colonizando la Vía Láctea (Serie Cosmos: El origen de la filosofía). ¿Qué era lo que decían los filósofos jonios hace veinticinco siglos? Pues, que la realidad consiste en unidades indivisibles de materia (y construcciones de ellas), que se mueven unas respecto de otras en la nada, ¡átomos y nada! En el año 1906 se suicidaba Ludwig Boltzmann asqueado de la comunidad científica, según se dice, y del rechazo de ésta a considerar la existencia de los átomos, ¡en mil novecientos seis!
La existencia de los átomos fue aceptada al poco tiempo (aunque los que hoy así se llaman no sean los unidades mínima de materia), pero la nada no lo fue todavía. Que se tenga noticia, la nada es resistida con diferentes argumentos desde la época de los mencionados jonios, y desde hace cien años el recurso para desconocer la nada es la (anti)relatividad einsteiniana. La constancia de la velocidad de la luz y el espaciotiempo son artificios para el escamoteo de la nada. 
La nada, se sobreentiende, no es un referente de movimiento tal como lo considerara Zenón de Elea; no es susceptible de deformación elástica, no propaga ondas ni dicta la trayectoria de los cuerpos en el espacio como dice la TRG; no se expande como dice la teoría del Big Bang ni tiene “dimensiones” ni energía ni genera materia porque de otro modo no estaríamos hablando de la nada.

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