sábado, 4 de enero de 2014

REANUDACIÓN DE LA REVOLUCIÓN COPERNICANA

La verdadera interpretación del experimento de Michelson-Morley —por nombrar al más conocido y utilizado para justificar el advenimiento de la física actual— es contraria a la aceptada desde hace un siglo por los científicos en general: Lo que en realidad expresa el resultado de esa experiencia es la validez universal de la adición de velocidades de Newton y de la relatividad galileana, lo que implica que la luz participa de la inercia de los cristales y espejos del instrumento utilizado, esto es, la luz se retransmite en ellos a la velocidad mal llamada c, pero pudo tener otra velocidad antes de su retransmisión.
Por más fastidio que les cause a los físicos, y a los que en ellos confían, cabe dar la alarma de que el juicio de los primeros está totalmente distorsionado. Hace un siglo que la física se apartó de la lógica, ergo, ha dejado de ser una ciencia.
La raíz de esta confusión es la antigua y desatinada hipótesis del espacio como ente real, tan real que para Zenón de Elea no era importante que Aquiles achicara su distancia respecto de la tortuga, sino el movimiento de ambos respecto del mismo, de ahí la aporía. Una hipótesis equivocada conduce a una conclusión disparatada, ya que el vacío no es un referente de movimiento. 

El improbable lector, deseoso de seguir creyendo en que Zenón, al igual que Einstein, planteaba un problema legítimo, podría argumentar que el sistema de referencia era la pista. Pero la pista es contingente, la argumentación se disuelve si la carrera se lleva a cabo sin un tercer medio material como referencia de movimiento. 
La dicha hipótesis milenaria es en parte subyacente (un prejuicio congénito, "una condición a priori de la intuición") y en parte es fuertemente propugnada por las instituciones que articulan el statu quo. 
En esta actitud anticientífica, inherente a lo más alto de la pirámide social (la verdad produce resquebrajamientos en la base), se destaca lo que desde hace siglos se conoce como el “horror vacui”, que no es más que la necesidad de la élite de negar la nada a toda costa, por las buenas o por las malas, abierta o subrepticiamente. Tal es el caso, según Carl Sagan, del místico aristócrata Platón, encarnizado en destruir la física de los jonios (hasta quiso quemar los libros de Demócrito). 
El materialismo ateo de los jonios, nacido del trabajo manual, de la pluralidad de ideas y de su lejanía de los centros de poder, entrañaba el relativismo y la nada entre los cuerpos. 
También es el caso del Vaticano, como es sabido, escarmentando a Giordano Bruno y a Galileo Galilei por divulgar ideas de la misma implicancia; Es el del también teólogo y esotérico Newton (del Trinity College cuya finalidad era formar clérigos), instalando el sensorio divino o espacio absoluto que no es la nada ni se deduce de la dinámica que se le atribuye; Y es el de Einstein y su (anti)relatividad.
Con la antirrelatividad einsteiniana la hipótesis de un ente real, en el cual toda la materia del universo estaría sumergida, no fue en absoluto extirpada de la física como pregona la interpretación oficial, sino amoldada contra la lógica a los hechos experimentales, de ahí sus paradojas (sus disparates, sus contradicciones, sus contrasentidos, sus absurdos... ).
Con Einstein, la hipótesis del éter luminífero (contraria al principio de relatividad) mutó en espaciotiempo, una aberración que no solo contradice al principio de relatividad, sino que consta de dos versiones que se excluyen mutuamente. De una de las versiones sale la 'Constancia de la Velocidad de la Luz' de la TRR: una absurdidad que significa, aunque nadie se dé cuenta, que cada observador en su sistema de referencia está en reposo en el éter. Esto no significa, como algunos divulgadores han creído entender, que para Einstein cada observador tiene su propio éter (lo cual no es absurdo), sino que todos los observadores del Universo, con su infinidad de movimientos relativos, están en reposo en el único, omnipresente y encogedor éter de Lorentz. Demás está decir, como se verá más adelante, que no hay un solo experimento que respalde semejante hipótesis.
La otra versión del éter es el espaciotiempo de la TRG: un supuesto ente universal (por lo tanto no relativista), elástico, perforable, plegable y en expansión con el que interactúan y al que atraviesan todos los cuerpos del Universo.

Si Newton hubiera sido consistente con el principio de relatividad, habría quitado el espacio absoluto y habría dejado, al igual que el materialista ateo Demócrito, la nada entre los cuerpos. Pero sabemos que Newton era todo lo contrario a un materialista ateo. 
Si Einstein hubiera sido consistente con el principio de relatividad, habría quitado, según sus propias palabras, el “prescindible éter” y dejado la nada entre los cuerpos: el principio de relatividad implica la nada entre los cuerpos y no un espaciotiempo tal que cuerpo extendido de propiedades insólitas.
Quizás Ud. se pregunte... «¿Cómo es eso de “la nada entre los cuerpos”? ¿Y los campos, llámense gravitacionales, eléctricos o magnéticos que existen entre los cuerpos?». Ese es el quid de la cuestión: Sucede que si el principio de relatividad es verdadero, dichos campos ya no son el efecto de un cuerpo sobre un medio universal —llámese espacio absoluto, éter, espaciotiempo o campo de Higgs—, sino una entidad intrínseca a dicho cuerpo. 
Quizás la humanidad estuviera hoy “colonizando la galaxia”, al decir de Carl Sagan, si Demócrito hubiera introducido su base filosófica de la siguiente manera: «La realidad se compone de entes indivisibles, solos o en estructuras, que se mueven unos respecto de otros en la nada. Tales entes no son diminutos, sino infinitamente extendidos, con un punto de interacción que interpretamos como una partícula». Ese punto de interacción, que actúa como centro del infinito campo elemental, puede manifestarse en cualquier lugar del Universo. Por razones geométricas (la relación entre la superficie y el radio de la esfera), la densidad de tales entes, en la zona que denominamos campo, es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia a lo que se manifiesta como centro.
En esta definición de átomo, y no en las falsas paradojas de la (anti)relatividad einsteiniana, es donde la realidad y el sentido común no se llevan bien. Las unidades mínimas de materia, los verdaderos "sin partes" de Demócrito, deberían ser infinitamente extensos e indivisibles. ¿Habrá alguien en el mundo que se anime a aceptar nuestro punto de vista, esto es: la existencia de lo infinitamente extenso e indivisible? Paradójicamente ya tenemos millones de valientes: los devotos einsteinianos, ya que aceptan fervorosamente el extensísimo e indivisible ‘continuo espaciotiempo’. 
Es así que el cambio de paradigma que proponemos no requiere un enorme salto cualitativo, sino un mero brinquillo cuantitativo: En lugar de haber un solo ente antirrelativista infinito, indivisible y propagador de ondas, habría, en total acuerdo con la relatividad, uno por cada unidad elemental de materia. 
Los sistemas cuerpo/campo existen en la nada, lo cual hace posible el movimiento entre los cuerpos; explica que las fuerzas de interacción sean inversamente proporcionales al cuadrado de la distancia entre ellos y que la transmisión de esas fuerzas, el intervalo entre acción y reacción, dependa de la relatividad de la velocidad de la luz según lo expresa el factor pitagórico:





La historia de la física es la de la élite exorcizando el “horror vacui”. Huelga decir que las “paradojas” que surgen de este exorcismo, al contrario de las áridas conclusiones de la lógica, se agradecen como material inapreciable para las novelas y el cine de fantasía. Millones disfrutamos, gracias a ellas, de los viajes a través del tiempo y del hiperespacio.
Para que se tome consciencia de la gravedad de este “horror vacui”, hoy asistimos a una batalla campal contra la nada, se dilapidan inconmensurables cantidades de dinero, y miles de físicos sus vidas, en un esfuerzo sin precedentes en contra de la ciencia.
Se apuesta a que existen los océanos universales Espaciotiempo y Campo de Higgs, a que vivimos sumergidos en ellos, a que la relatividad es falsa y hasta dicen que los han encontrado, al espaciotiempo con el Gravity Probe B y al océano de Higgs con el LHC. Experimentos escalofriantes de costosos, una increíble cantidad de dinero incinerado.

El prejuicio del espacio tal que ente real, opuesto sin remedio al principio de relatividad, parecería emitido de modo persistente desde los archivos más antiguos de la psiquis, y es causa —para darle alguna explicación a tamaña desventura intelectual— de que a la moderna corteza cerebral le cueste fundar conciencia de que lo demostrado por los experimentos es la relatividad de la velocidad de la luz, que ésta sí depende del estado de movimiento de fuentes y observadores, y que cristales y espejos se comportan como retransmisores de luz.
Esta legítima explicación ya había sido propuesta hace más de un siglo ni bien conocido el no previsto resultado del experimento de Michelson-Morley, pero hubo de sucumbir bajo el enorme peso de la creencia en el espacio como cuerpo universalmente extendido.
No sería necesario extenderse más ya que está todo dicho: Por no aferrarse en su momento a la lógica conclusión de que la luz participa de la inercia de los cristales y espejos que la retransmiten, ahora vivimos en los tiempos de la (anti)relatividad einsteiniana. Tan enraizada está hoy esta teoría y tan renuentes a revisarla los que viven de ella, que hasta pareciera tarde para dar marcha atrás. Hoy los físicos se niegan terminantemente a escuchar argumentos en su contra. ¡Cómo diablos revertir esta situación! ¡Qué se puede hacer!

En vista de que no hay modo en que la lógica atraviese la barrera de prejuicios, sumado a la creencia en que la física moderna está más allá de su jurisdicción, no parece haber esperanza de que una argumentación destinada a rescatar a los físicos del error en que se encuentran logre su objetivo. Durante veintisiete años las conclusiones aquí expuestas han sido automáticamente calificadas de erróneas sin haber sido su lectura siquiera considerada. Pero a la larga o a la corta la verdad saldrá a la luz y espero que podamos verlo, porque este punto de vista tiene a favor que fundamenta un sinnúmero de experimentos posibles para su verificación.
El experimento aquí propuesto es simple, pero inmune a las estrambóticas interpretaciones que padecen los realizados hasta ahora. El mismo se respalda en el análisis que a continuación desvela la fatuidad del edificio teórico corriente, lo cual es lapidario para la (anti)relatividad einsteiniana ya que impugna su principio de constancia de la velocidad de la luz.
Con este dispositivo se busca evidenciar, sin dar lugar a otra interpretación, que la luz directa emitida por un arco voltaico consta de mayores y menores velocidades de la que hoy es considerada única.
Como se reiterará a lo largo de este artículo, solo se trata de observar el efecto de la diferencia en las velocidades de luz —ni es necesario medirlas— comparando la luz directa de un arco voltaico con la misma cuando atraviesa un cristal.
El análisis que fundamenta este experimento revela en forma completa que la (anti)relatividad einsteiniana no da razón de los fenómenos a los que se refiere. Para quienes las teorías existen para ser refutadas no tiene que ser una sorpresa, y menos si se conoce la génesis de la teoría en cuestión, porque bien es sabido que Einstein basó su faena en el abandono de la lógica formal, a la cual toda ciencia verdadera debe estar subordinada.
Es necesario recalcar la siguiente redundancia: una teoría que contradice los principios supremos del pensamiento, ¿qué podría aportar a la búsqueda de la verdad?
La diferencia en las velocidades de luz, que exhibirá este experimento, no ha sido observada en anteriores intentos en los cuales se pugnaba por rebatir su principio de constancia: errores de juicio derivados de la mala asimilación del principio de relatividad llevó a que la luz utilizada en tales experiencias no fuera la adecuada sino que procediera de cristales, espejos u otros elementos inmóviles respecto del punto de observación.
Como ya se dijo, la posibilidad de que la velocidad de la luz en el vacío pudiera cambiar por la interferencia de estos objetos, y que c no fuera otra cosa que su velocidad respecto de los mismos, fue considerada desde un principio (pero no lo suficiente), pasando desapercibido que éste es un hecho necesario si el principio de relatividad es verdadero.
¿Qué es lo hace que el físico desestime automáticamente la idea de que cuerpos transparentes y reflectantes puedan cambiar la velocidad de la luz en el vacío? (preste atención a cómo funciona su propio razonamiento). Pues, un grave preconcepto que no es otro que el "espacio", una idea erróneamente entendida tal que referente de movimiento que durante veinticinco siglos, desde Zenón de Elea hasta Einstein, ha descaminado los razonamientos hacia conocidas aporías y paradojas. Difícilmente Ud. acepte que la velocidad de la luz pueda ser distinta entre antes y después de pasar un cristal porque presupone que el medio en el que se propaga la onda luminosa es el mismo antes y después. Ud. olvida que dicho medio universal no existe. 
El espacio como cuerpo universalmente extendido era la premisa falsa que impedía a los investigadores inferir que el principio de relatividad implica la necesaria dependencia de la velocidad de la luz del estado de movimiento de fuentes y observadores.
Confirmada la naturaleza ondulatoria de la luz, a principios del siglo diecinueve, a este hipotético espacio tal que ente real se le acredita la propiedad sugerida por Huygens de transmitir tales ondas, instalándose así el "éter" y con él la incongruencia ficticia entre la dinámica de Newton y la electrodinámica de Maxwell que hiciera derivar la física hacia la teoría de la relatividad restringida.

El espacio absoluto devenido éter supone la dependencia de la velocidad de la luz del movimiento del observador, pero no del de la fuente, lo que diera origen a una serie de experimentos verificadores que, vistos desde nuestra perspectiva, no podían tener éxito.
A pesar de las milenarias advertencias sobre lo engañoso de nuestras percepciones e ideas preconcebidas, el análisis del movimiento y la luz no ha sido lo cuidadoso que debiera. La falsedad del segundo principio de la teoría de Einstein es patente porque niega todo movimiento que no sea el de la luz: La velocidad de la luz no puede ser constante porque, obviamente, la distancia se modifica continuamente entre una fuente y un observador que se acercan o se alejan respectivamente según su velocidad relativa, pero el intelecto de los físicos mal puede advertir esta obviedad aturdidos como se hallan por los prejuicios que componen el conservadurismo científico. Tan es así que me veo en la absurda tarea de explicar cinemática de la escuela primaria. Véase:
El dibujo de abajo nos representa inmóviles respecto de la fuente de luz, y la flecha es la luz que nos llega.
Si nos movemos desde o hacia una fuente de luz, las modificaciones en la distancia que la luz recorre desde esa fuente hasta nosotros dependen necesariamente de nuestra velocidad y dirección. Y si la distancia recorrida depende de ello, también de ello depende el tiempo de ese recorrido.
Igual sucede con la distancia que recorre la misma luz —siempre respecto de la fuente— entre dos puntos fijos en nuestro sistema de coordenadas y con el tiempo de este recorrido.
Por lo tanto, siendo este tiempo relativo, la relatividad de la velocidad de la luz es inapelable: la distancia y por lo tanto el tiempo de recorrido de esa luz entre dos puntos fijos en nuestro sistema de referencia depende de nuestra velocidad y dirección respecto de la fuente.
Ni Einstein puede negar (ni lo hace, como puede verificarse en sus experimentos mentales) que el tiempo de recorrido de una misma luz depende de la distancia que recorre. Aquí es donde la recalcitrancia alegaría que "todo bien hasta aquí, pero para los observadores de saquito azul el tiempo de recorrido es el de la ecuación encima de sus cabecitas, está totalmente comprobado". Las mentes colonizadas por la teoría de Einstein pasan por alto, encerrados en una burbuja subjetivista, lo que por otro lado dan por hecho: que una misma luz no recorre distintas distancias en un mismo tiempo; esta es una realidad incontestable, a la que las extravagancias de los ‘homo sapiens’ no le van ni le vienen. En la burbuja subjetivista la luz tiene velocidad única para estos fieles, ni un pelo se les mueve aun suponiendo que la luz proviene de una fuente con velocidad inmensa en su dirección y en cualquiera de los dos sentidos, aunque imaginen que la distancia recorrida por la luz entre fuente y observadores cambia agigantadamente para más o para menos.
Las paradojas de esta teoría no brotan de premisas coherentes (tal inferencia es lógicamente imposible), las premisas son contradictorias: en la misma teoría convive el teorema clásico de adición de velocidades (que se supone la misma había invalidado) y el principio de constancia de la velocidad de la luz.
Lo anterior se puede resumir en: "Existe el movimiento entre los cuerpos, ergo, la velocidad de la luz es relativa". Por lo tanto todas las observaciones astronómicas, todos los experimentos y testimonios que den fe de lo contrario están equivocados, sin que importe el número, prestigio o autoridad de los testigos.
El principio de constancia de la velocidad de la luz es insostenible porque contradice, en la situación descrita, nuestro alejamiento o acercamiento a la fuente. Contrariamente a lo que debería esperarse, esta evidencia no suscita, en los einsteinistas ni en los físicos en general, irrefrenables deseos de revisión, como si una suerte de subconsciencia colectiva, atávicamente enfocada en la supervivencia y no en la ciencia, desalentara "por si acaso" semejante iniciativa.
Lo que inspirara los experimentos de Michelson y otros fue la supuesta dependencia de la velocidad de la luz del movimiento del observador. Estando éste sobre Tierra podría medir su  velocidad absoluta. ¿Por qué los resultados no correspondieron a esa expectativa?
Porque no existe tal espacio referente de movimiento que sea el medio universal de propagación de la luz; Porque la velocidad de la luz depende de la velocidad de la fuente; Porque los cristales y espejos retransmiten la luz, propagándose esta última en el sistema de los primeros. 
Hay una sola razón para que la luz viaje en un sistema de referencia a la velocidad que hoy se supone única: su recorrido tuvo inicio en un elemento inmóvil respecto del instrumento (un cristal o un espejo). En el dibujo referido tal elemento se halla el punto A en este caso, dando lugar a dos velocidades distintas entre antes y después del mismo, lo cual explica automáticamente el resultado de los experimentos en que velocidades distintas de c no han sido observadas.
Esta transitada y obligada disquisición no reniega de la física clásica, no especula con fenómenos descabellados y no se enreda en paradojas, pero a pesar de no haber otra explicación coherente difícilmente la asimilen los físicos. Porque en ellos el espacio tangible es una "condición a priori de la intuición", en sus mentes no hay lugar para más de una velocidad de luz en el vacío, siendo ciegas, por este motivo, a la intrínseca dependencia de la velocidad de la luz del estado de movimiento de fuentes y observadores.
Es justo recordar que Michelson interpretó correctamente el resultado de su experimento: "La hipótesis del éter es falsa". Consecuente con ello construyó otro aparato con la intención de verificar que la luz cambiaba de velocidad en los espejos, de modo que si estos se movieran a velocidad v la velocidad de la luz reflejada sería c + v o cv según el sentido del movimiento de los espejos.
Para esto fueron utilizados dos espejos que se movían velozmente describiendo una circunferencia como los pedales de una bicicleta.
Esta oportunidad para demostrar que la luz cambia de velocidad al reflejarse se frustró debido al desacuerdo entre el arreglo del dispositivo y sus intenciones porque, como se puede verificar (buscando el dispositivo en la web) el efecto de c + v en uno de los espejos es anulado por el de cv en el espejo opuesto; un error fácil de corregir para quién tenga los medios y la actitud científica necesaria.
El principio de constancia de la velocidad de la luz es una aberrada interpretación de los experimentos anteriores, ya que dicha constancia ha sido solo observada en dispositivos inmóviles respecto del origen de la trayectoria de la luz estudiada, cristales y espejos por lo general.
En cambio el resultado de nuestro experimento va a mostrar que la luz directa de un arco voltaico (sin la interferencia de cristales y espejos) consta de distintas velocidades y también que todas ellas son luego igualadas al retransmitirse en un cristal. Esta es la hipótesis principal de este experimento: la luz tal que onda no traspasa cristales ni rebota en espejos, sino que, pudiendo tener cualquier velocidad al llegar a estos elementos, se retransmite en ellos y luego sí respecto de ellos su velocidad es única. De ahí la equivocada creencia en su constancia ya que la retransmitida en un objeto inmóvil respecto del observador es la única velocidad de luz históricamente medida.
La analogía con las ondas de sonido, para ayudar a entender este fenómeno, es la siguiente:
Las ondas sonoras producidas por una sirena fija en tierra se propagan respecto de su fuente a la velocidad s conocida para estas, pero al alcanzar un contenedor hermético que se mueve con velocidad v, el sonido se retransmite en la chapa del contenedor propagándose en el aire dentro del mismo. La velocidad del sonido dentro del contenedor respecto de la sirena será s + v o sv, según el sentido del movimiento del contenedor.
Así como en este caso el sonido tiene diferentes velocidades porque se propaga en medios que se mueven a velocidades distintas, la luz también se propaga con diferentes velocidades respecto de un observador si la fuente se mueve a velocidades distintas, ya que la luz se propaga en un medio que es un mismo sistema con la fuente.
En lugar del material del contenedor que retransmite las ondas de sonido debemos suponer un cristal transparente que retransmite las ondas de luz. En ambos casos tenemos dos velocidades distintas entre antes y después de los elementos retransmisores.
Para un observador que viaje en el contenedor no hay modificación en la frecuencia del sonido entre antes y después del cambio de velocidad en la chapa del contenedor, y para alguien inmóvil respecto a un espejo o cristal tampoco hay variación en la frecuencia y energía de la luz, pudiendo ser distinta su velocidad antes y después de estos elementos.
Dado que el oído y el ojo detectan las frecuencias de las ondas de sonido y de luz respectivamente y no sus velocidades, no somos conscientes de los cambios en estas, salvo que se dispongan las cosas convenientemente.
Debido al prejuiciado diseño de los experimentos anteriores, hasta hoy no se ha observado la velocidad de la luz directa generada en un arco voltaico. Hemos escogido este tipo de fuente por tratarse de luz emitida por un conjunto abigarrado de fuentes móviles de múltiples velocidades que permite evitar la interferencia del vidrio, lo cual no es posible en otros tipos de fuentes de luz encapsuladas en ampollas.
El resultado de este experimento va a ratificar que es la física de Newton, tal cual era entendida antes de la implantación del éter, la que describe coherentemente los hechos de los que hoy se ocupa la llamada física moderna, y que si alguna teoría debe llamarse "de la relatividad" a ella le corresponde. Su desplazamiento por el contradictorio conglomerado de teorías, con que hoy se cubre el espectro de fenómenos, no se debió a su pretendida inadecuación a los mismos sino a su incorrecta aplicación. Solo por ello hubo problemas que no se resolvían dentro del paradigma newtoniano y no porque éste se hubiera agotado como hoy se cree.
Sucede que Newton es responsable en gran parte de la actual confusión: es sabido que adhería conscientemente al espacio absoluto.
Si bien la relatividad galileana lleva asociado su nombre, en realidad este investigador no había asimilado este concepto (la relatividad y el espacio absoluto son ideas contradictorias) a pesar de que no faltaron contemporáneos que se lo hicieran notar. Sumergido en el espacio absoluto no podía vislumbrar las consecuencias de la leyes que se le atribuyen, por lo que el despliegue de la relatividad en el marco clásico sigue pendiente desde hace trescientos años.
Como veremos más adelante, la (anti)relatividad einsteiniana no es su continuación ni su generalización sino un contradictorio híbrido de relatividad y una versión del "espacio" al cual se le atribuye propiedades que determinan la constancia de la velocidad de la luz y la fuerza de gravedad.
No obstante, desde el enfoque newtoniano anterior a la adopción de la hipótesis del éter, la luz podía tener cualquier velocidad, pero con el éter se instituyó que era solo una en el vacío, cuando Newton ya no vivía desde hacía casi un siglo.
A pesar de la creencia de Newton en el espacio absoluto, éste es indeterminable mediante sus leyes; tampoco él hubo sugerido, dada su teoría corpuscular de la luz, que ese fuera el medio de propagación de la misma, por lo cual no es verdad que provenga de Newton que la relatividad clásica no sea aplicable a los experimentos ópticos.
Si nos atenemos a la relatividad de Galileo en su aplicación a estos experimentos, en el propio sistema de referencia no sería posible diferenciar, por definición del mismo principio, entre el movimiento uniforme y el estado de reposo mediante un experimento de óptica.
Dos siglos después de Newton, mediante los experimentos de Michelson, pudiéndose nombrar otros, esta consecuencia había sido claramente ratificada, ya que no fue posible detectar el supuesto movimiento absoluto de la Tierra por medio de un experimento de ese tipo.
Pero sabemos que no hubo conciencia de ello sino un aterrizaje en la conclusión opuesta: "La física de Newton es inadecuada". No se había entendido que lo sometido a prueba sin éxito en ese experimento no fue la física de Newton sino la de Young y Fresnel, cuya ratificación hubiera significado que la óptica y el electromagnetismo no obedecen a la relatividad.
Entonces: si antes del siglo veinte la hipótesis del éter había sido refutada y la física de Newton reivindicada… ¿Cuál es la razón de que ciento veinte años después estemos viviendo en el extraño mundo de Einstein?
La razón es que la comunidad de la física, contrariamente a lo que la misma cree, nunca se deshizo de la hipótesis falsa. El veredicto del interferómetro había sido favorable a Newton y contrario a la hipótesis que se intentaba corroborar, pero las creencias vigentes no propiciaron su aceptación.
La búsqueda de una explicación acorde con las expectativas frustradas condujo a diseños de éter que convinieran a los resultados, hasta que finalmente, sin una alternativa mejor a la vista, se instauró el modelo subjetivista actualmente en boga.
Irónicamente, todo argumento discrepante es tachado hoy de "carente de rigor científico".
Es de suponer que uno de los componentes de la masiva adhesión que convoca la (anti)relatividad einsteiniana es el gusto por la fantasía, cuyo vuelo es más ameno que transpirar en el absurdo en búsqueda de la verdad con la lógica como brújula y ningún camino.
Traemos a la memoria, para amenizar este informe, que 'Un Yanqui en corte de rey Arturo', de Mark Twain, fue publicado cuando Einstein tenía diez años, y "La máquina del tiempo", de H. G. Wells, cuando tenía quince, una década antes de: "Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento". El autor de este artículo diría, años más tarde, que los ovnis son naves terrestres que vienen del futuro.
Volviendo a la comunidad de la física, su embotamiento se debe al estar inmersa en el escándalo de dos creencias invertidas. Al contrario de lo que sostiene, de la física de Newton no se deduce ningún éter. En cambio, el éter fundamenta la física de Einstein, ya que la independencia de la velocidad de luz no significa más que: "Todo está en reposo en el éter". El éter de Einstein está a la vista, pero bastó que su autor dijera que prescindía de él para que se vuelva invisible.
A pesar de las evidencias experimentales, esta hipótesis nunca fue abandonada. Ahora mismo se forman grupos internacionales de físicos disidentes cuya disidencia no es tal, ya que reivindican el éter al igual que Einstein.
Por otro lado, los devotos de Einstein están persuadidos de que las forzosas contradicciones de su teoría son solo aparentes, espejismos, alegan, debido a que la mente, tal que producto biológico, no tiene competencia ante fenómenos extraños al ámbito en el que evolucionara.
En esta difundida falacia se presupone que los límites del conocimiento humano están en la víscera nerviosa en vez que en los medios empleados para conocer, y no hay un recurso que pueda llevarnos más cerca de la verdad que la lógica, que es un tallo de ella que desciende hasta nosotros. Pero es tan difícil asirla, cubierta como se halla de espinosa didáctica y pringosos prejuicios, que la humanidad se ha desperdigado por incontables creencias en la búsqueda de algún atajo.
Si Einstein hubiera tenido conciencia de lo que significa prescindir del sistema único de referencia, quizás su obra hubiera consistido en ingeniosas aplicaciones de la física de Newton. En lugar de ello, articuló la relatividad con su propia versión del éter y se exilió de la realidad, de ahí las paradojas e ilogicidades que, según sus prosélitos, no son más que fallidas interpretaciones de nuestras inadecuadas mentes clásicas.
En realidad las llamadas paradojas son banalidades que afloran en el empeño de articular los fenómenos con una teoría absurda, cuya consecuencia es que la "teoría de la relatividad restringida" nunca se aplica, porque de hacerlo se pondría en evidencia su falsedad. Vea si no es cierto: La expresión matemática del resultado del experimento de Michelson-Morley no pertenece a la teoría de Einstein, sino a la de Lorentz, ya que éste osa explicar el resultado adverso de dicho experimento mediante la contracción de un brazo del interferómetro. Einstein no participa de esa explicación porque según él la contracción de Lorentz ocurre en los sistemas ajenos.  
Esta obvia contradicción no hace mella en la fe de sus devotos. La rebuscada aplicación de la teoría de Einstein más la fe en ella depositada es la mezcla refractaria al análisis que determina su vigencia. Tanto se ha alejado la física de la lógica que su condición de ininteligible es prácticamente un principio de la física moderna.
Hace cien años que la luz de esta fundamental ciencia está fuera de servicio alentando el regreso de posturas irracionales en otras ciencias y en espacios importantes de la cultura.



La aplicación de la propia teoría de Einstein desnuda su falsedad: en el experimento de Michelson-Morley se revela como superflua porque el interferómetro no debe contraerse en su propio sistema, por lo tanto en la expresión matemática de arriba sobran los denominadores pitagóricos porque estos representan el movimiento del aparato en un éter que lo encoge según su velocidad, y si los quitamos no quedan más que expresiones clásicas describiendo el resultado de esa experiencia.


Como ha sucedido con otras teorías a lo largo de la historia de la ciencia, los frutos de la teoría de Einstein se deben a lo que esta tiene de verdadera: el componente newtoniano. Prever el atraso de los relojes en sistemas acelerados es una de las consecuencias de la física clásica que no ha sido advertida. En el planteo de "la paradoja de los gemelos" el movimiento rectilíneo uniforme nunca puede generar una diferencia en los tiempos medidos por los relojes dada la relatividad del movimiento, la diferencia solo surge porque uno de los hermanos es sometido a aceleración en su viaje de ida y vuelta, de modo que la diferencia en los tiempos medidos por sendos relojes se debe a la aceleración como único motivo y que la aceleración atrase los relojes no justifica el asombro ni augura futuros viajes en el tiempo.
Se comprende en el hecho de que si la luz debe viajar permanentemente ida y vuelta una distancia fija entre dos espejos instalados en un sistema acelerado, los tiempos de recorrido serán mayores cuanto más lo sea la aceleración, por lo cual la verdadera interpretación del fenómeno pasa por la relatividad de la velocidad de la luz y no por la del tiempo.
Como ejemplo nos sirve el experimento de Sagnac: las luces que parten desde un mismo lugar en direcciones opuestas hacia un punto geométricamente equidistante en realidad no recorren la misma distancia ya que están sometidas a aceleraciones centrífugas diferentes. Aunque haya que hacer retoques, no caben dudas de que la física de Newton es la adecuada para describir los fenómenos. Tanta insistencia en introducir el éter fue por no reparar en otro modo en que la onda luminosa pueda propagarse, siendo que en su asombrosa adecuación la dicha teoría provee ese medio sin generar paradojas. Porque habiéndose comprobado experimentalmente la inexistencia del medio universal de propagación de la luz y con la original física newtoniana recuperada, precipita el velo que nos impide ver, en el resultado del experimento de Michelson-Morley, un fenómeno de importancia copernicana: Luego de reflejarse o de traspasar un cristal la luz participa de la inercia de este elemento, partiendo del mismo a la velocidad c. No la llamamos c por constante, sino por conocida, ya que es la única velocidad de luz en el vacío que se ha medido hasta ahora, salvo la c + v del Dr. Bryan Wallace y su radar (no haré esta salvedad más adelante), con consecuencias no gratas para su profesión y su vida. 
De esta conclusión, que habiendo sido tempranamente considerada se dejó de lado, se deduce que el medio de propagación de las ondas en el vacío no es universal, ni único ni independiente de los cuerpos, sino que es un mismo "ser" con cada uno de estos.
Esto nos revela un hecho que obliga a cambiar de perspectiva: el "ser" de cada cuerpo material no termina en su superficie. De la existencia de los llamados "campos" (infinitos en extensión) y el principio de relatividad se infiere la infinitud de los mismos.
Quizás el universo consista en entes elementales cómo postulaba Demócrito: los verdaderos átomos. Pero en lugar partículas minúsculas serían infinitos en extensión y con un centro que confundimos con ellos; y lo que entendemos por partícula compleja o cuerpo masivo sea una apretada estructura de tales centros más o menos estable.
No es fácil la deglución de esta idea, ya que carece de un modelo análogo tangible como sí lo tiene el éter en la atmósfera. Pero no hay otra opción, porque suponer la existencia de cualquier versión de un tercer medio universal como asiento de los mencionados campos contradice la relatividad.
No obstante ello, por siglos se ha optado por este supuesto tercer medio y adaptado a como dé lugar. Pero como han mostrado los experimentos, la atmósfera propagadora de ondas no es análoga al medio en el que se transmite la luz porque no pertenece al sistema de la fuente.
Dado que cada cuerpo material es el centro de un sistema de extensión infinita, es de esperar que su presencia se debilite con la distancia al centro según la ley del inverso del cuadrado de la distancia, y siendo éste el medio de propagación de las ondas su debilitamiento se reflejaría en su velocidad y frecuencia. Esto desemboca en una explicación distinta del corrimiento al rojo en el espectro luminoso de las galaxias lejanas y de la cual no se deduce ningún Big Bang.
Con respecto al experimento fundamental llamado "de la doble rendija", se ha visto que lo mismo ocurre para los experimentos de la triple rendija, de la cuádruple y de la múltiple, ya que una partícula puede pasar por todas ellas a la vez, porque lejos de ser muy pequeña se extiende infinitamente.
A pesar de que lo que conocemos como cuerpos materiales aislados están, en realidad, traslapados en el universo, con las leyes de Newton es posible explicar por qué esto no implica interacción instantánea universal. Algún elemento para su posible desarrollo se vislumbra más adelante en una referencia a la ley de acción y reacción.
Tenemos entonces dos proposiciones fácilmente verificables para restaurar la relatividad de Galileo y dar un enorme salto en la comprensión de los fenómenos naturales.
1) La luz tiene cualquier velocidad en el vacío, en virtud del teorema de adición de velocidades de Newton.
A ningún cerebro infectado por la hipótesis del espacio como cuerpo universalmente extendido, se le ocurre que un haz de luz conste de distintas velocidades. Este es el motivo por el cual este experimento no se hizo anteriormente.
2) La luz tiene una sola velocidad respecto de los cristales que atraviesa y espejos que la reflejan.
Esto está de acuerdo con el principio de relatividad y con el resultado de los experimentos de Michelson y otros.
A esta velocidad única respecto de transparencias y espejos la llamaremos f, medida por Fizeau, y no c aunque se trate de la misma velocidad, ya que ésta simboliza la creencia en la velocidad de la luz como constante universal.
La fuente de luz escogida para este experimento es el arco voltaico entre electrodos de carbón. Como éste origina luz en un ambiente altamente cinético de gases, partículas y carbón incandescentes, se supone que sus átomos se comportarían como fuentes móviles de luz de múltiples velocidades, aunque hubiera bastado una llama intensa tal la utilizada por Fizeau en sus mediciones, o un sólido incandescente como fuente de luz directa de velocidades varias. Quizás este último recurso hubiera dado también resultado, porque surge de lo aquí expuesto que aún se ignora a qué velocidad parte la luz desde los distintos niveles de energía de un átomo.
Fizeau, en su experimento de medición de la velocidad de la luz, observaba la luz que volvía del espejo ubicado a kilómetros de distancia por el mismo espacio entre dientes de engranaje por el cual la enviaba. Tal disposición obliga a utilizar un semiespejo que interfiere la luz entre la fuente y la rueda en el inicio de la trayectoria. Por consiguiente, la velocidad de luz obtenida no fue otra que la retransmitida por tal semiespejo.
Además, no era necesario que la luz vaya y venga por el mismo espacio entre dientes ya que por simetría daba lo mismo observar el regreso de la luz en otras posiciones de la circunferencia de la rueda, lo que hubiera simplificado en mucho el dispositivo utilizando luz directa.
¿Cuál es la razón, entonces, de que Fizeau no haya hecho la experiencia de este modo más simple, que además obviaba interferencias? ¿Qué sentido tiene interponer un semiespejo? La razón es que del modo simple Fizeau no hubiera obtenido medición alguna.
Según la tesis defendida aquí, la luz directa está compuesta por distintas velocidades, y dado que los dientes de la rueda y el espacio entre ellas tenían la misma medida, los dientes solo podían interceptar la luz de una sola velocidad. De haberse usado luz directa, desde la rueda hasta el espejo lejano hubieran viajado luces de distintas velocidades, y a su regreso las que fueran más rápidas y más lentas (en su viaje de ida) que la luz del semiespejo, no hubieran sido interceptadas a su regreso por los dientes de la rueda y de tal interceptación dependía el cálculo.
Que se sepa, y lo confirma su experimento, Fizeau nunca contó con que una llama emite luz de diferentes velocidades (al igual que los físicos actuales, Fizeau creía que la luz se propaga en un medio único), pero el haber interpuesto dicho semiespejo, cualquiera sea el motivo, le permitió obtener una medida: la de la velocidad de luz reflejada, la misma que midiera Michelson con mucha más precisión y la única medida hasta ahora. Nunca se midió la velocidad de la luz proveniente de fuentes móviles y no porque no quisieran hacerlo, sino por el erróneo diseño de los dispositivos. 
La creencia en el éter no le permitió a Fizeau descubrir que la luz de la llama se compone de distintas velocidades y que se igualan al atravesar cristales o reflejarse.
El experimento aquí en escena es básicamente el mismo, presentado por un seso corriente que al no arrastrar el éter consigue despegar un poco. Quién sabe hasta dónde se expandirán las fronteras del conocimiento cuando los laboratorios y la universidades vuelvan su atención hacia este punto de vista y le apliquen sus inmensos recursos.

                                  
                                     El experimento

Las hipótesis de diseño para este experimento son las siguientes:
1) La luz emitida por un arco voltaico consta de varias velocidades de la misma.

2) Cuando estas luces de varias velocidades atraviesan cuerpos transparentes: líquidos, acrílicos, cristal, vidrio, etc., emerge con velocidad única (la mal supuesta c) respecto de dichos elementos.
Esto también es igualmente impensable para los infectados por el espacio como ente real: ellos no encuentran razones para que la velocidad de la luz sea distinta antes que después de reflejarse o traspasar un cristal; para ellos el medio de transmisión es el mismo: universal.
Si bien la realización ideal de este experimento es en el vacío, también hay que ver qué sucede en la atmósfera. Si ésta se comporta según la segunda hipótesis —esto es: igualando las velocidades de luz— no se obtendría ningún resultado. Pero aún nada se ha perdido: el siguiente paso es conseguir, alinear, vaciar un tubo de un diámetro y longitud a determinar y adaptar el dispositivo a esa situación. Como el arco voltaico y la llama no funcionan en el vacío, habría que utilizar algún filamento incandescente como fuente de luz de múltiples velocidades.
En el dispositivo utilizado no se efectúan mediciones sino que se expone un fenómeno nunca visto, pudiéndose observar que en la luz de arco voltaico hay mayores y menores velocidades que la supuesta c —llamada f en este caso— que retransmite un vidrio transparente.
Huelga decir que dicha observación invalida toda teoría contaminada de espacio como cuerpo extendido, incluida la de Einstein con su éter subrepticio. Cuando Einstein vio que la lógica formal no concordaba con su teoría se le ocurrió decir que los dioses reían a carcajadas de las leyes que los hombres dictaban a la Naturaleza: la lógica formal era solo un conjunto de reglas del pensar humano que no estaba a la altura de la física del siglo que empezaba; la comunidad científica permaneció impávida ignorando el hecho de que rendir la lógica es rendir la ciencia.
Si el segundo postulado de la (anti)relatividad de Einstein fuera verdadero, dos rayos de luz provenientes de dos fuentes en diferente estado de movimiento deberían recorrer una misma distancia en un mismo tiempo.
Contra toda actitud razonable esto nunca fue sometido a comprobación del modo en que surge de este enunciado. Si no fuera tan difícil poner de acuerdo tantos miles de individuos a través del siglo y de las naciones no siempre amigas, habría que sospechar de un enorme complot contra la ciencia, ya que en los experimentos hechos para poner a prueba el principio de constancia de la velocidad de la luz las conclusiones comúnmente aceptadas no se desprenden de los resultados. En el experimento de Alvager, para no nombrar a todos los mal hechos o peor interpretados, la luz hace su recorrido partiendo de un punto inmóvil respecto del punto de observación, lo cual no da motivo para esperar velocidades de luz distintas de f. No es posible deducir de este resultado que la velocidad de la luz es constante sino que la velocidad medida es solo la de la luz reflejada, por lo cual lo que en realidad hacen los dispositivos de Alvager; de Michelson; etc. es darle respaldo fehaciente a la segunda hipótesis de este experimento.
Para hacer observable la diferencia de velocidades entre la luz directa originada en el arco voltaico y la misma después de atravesar un vidrio, hay que disponer —para incrementar las probabilidades de éxito— de un recorrido de varios kilómetros (como en el experimento de Fizeau) entre dos discos idénticos que giran sincronizados. Cada disco tendría cierto número de ventanas (doce en este caso) distribuidas uniformemente cerca de la periferia, que en el primer disco oficiarían de puntos de partida y en el segundo disco como puntos de observación en la llegada.
Dado que la luz parte desde las ventanas del primer disco durante el tiempo en que estas lo permiten, podemos considerar que desde las mismas parten segmentos de luz, y como los dos discos están sincronizados, en el disco de llegada o de observación podemos escoger la parte del segmento que queremos ver. Esto se lleva a cabo desplazando nuestro punto de observación moviendo apenas la cabeza hacia ambos lados de la zona en que la luz es visible: así podremos ver el extremo anterior del segmento de luz (moviéndonos en el sentido contrario al de giro del disco) y el extremo posterior del mismo (moviéndonos a favor de éste). Esta es la parte importante de la prueba porque de este modo discriminamos las diferentes velocidades de luz debido a que la luz que proviene del vidrio tiene la misma velocidad a lo largo de cada segmento y la directa no, por lo cual la longitud de los segmentos de luz que parten desde el vidrio permanece constante a lo largo del recorrido y los constituidos por luz directa se estiran durante el recorrido al constar de velocidades distintas.
El arco voltaico es encerrado en una caja de cerámica y solo se deja salir luz por una ventana circular de 8 mm de diámetro. Esta medida de la abertura, que parece exagerada para que la luz pase, es conveniente para recibir un caudal suficiente que la haga visible a tanta distancia, pero más que nada para que se distinga del efecto de difusión en los bordes de las ventanas.
Ya se dijo que como punto de partida para el recorrido de la luz se instala uno de los mencionados discos, cuyas ventanas son de la misma medida que el de la caja de cerámica.
Suponiendo que los discos giran a 1500 rpm (si es posible muchísimo más) y las ventanas fueran doce, entonces 300 veces por segundo, esto es cada vez que una ventana del disco se alinee con la de la caja de cerámica, un segmento de luz inicia su recorrido.
Entre la ventana de la caja de cerámica y el disco de partida hay un cuadrado de vidrio que cada segundo se interpone y se quita movido por un electroimán, de modo que durante un segundo desde dicho disco inician trayectoria los segmentos de luz que traspasaron el vidrio y durante el siguiente segundo los de la luz directa del arco voltaico.
Estas luces de diferente origen recorren la distancia ya dicha hasta el segundo disco idéntico que gira sincronizado con el primero donde por medio de sus ventanas se visualiza la llegada de la luz.
Los discos son movidos por dos motores eléctricos sincrónicos iguales y su fuente de energía es la misma: la red eléctrica nacional.
Es importante la suficiente separación entre las ventanas en cada disco para evitar la superposición de haces en el disco de observación.
Como la luz directa del arco y la que pasó por el vidrio tienen distintas velocidades, arriban en distintos tiempos al disco de llegada, lo que toma a éste en distintas posiciones lo cual se verifica observando por sus ventanas.
Demás está decir que este fenómeno se vería más nítido cuanto mayor sea la velocidad de los discos.
Por supuesto que en el disco de llegada, con sus 1.500 rpm, no vemos las ventanas individuales sino una franja circular continua; pero debido al sincronismo la luz que parte del primer disco es visible en un número de posiciones fijas igual a número de ventanas en el disco de llegada.
Solo necesitamos una de ellas y mirando por cualquiera hay una zona, que llamaremos zona media, que si bien lo que nos llega son segmentos de luz con una frecuencia que depende del número de ventanas y la velocidad de los discos, la remanencia de la retina nos hace ver luz en forma continua. Otra razón por la cual en dicha zona y en estas circunstancias vemos luz en forma continua es porque en esa posición del disco nos llega solamente luz de velocidad media: durante un segundo la procedente del vidrio y durante otro segundo: luz de velocidad media que forma parte de las varias originadas en el arco voltaico.
Esta percepción continua de luz en la zona media confirma la sincronización de los dos discos ya que cada vez que parte luz desde una ventana del disco de partida la recibimos en una determinada posición en el disco de llegada. De no estar sincronizados los dos discos veríamos la luz parpadear lentamente según la diferencia en sus velocidades.
Dijimos entonces que en dicha zona media de observación no se interrumpe la visión de luz porque ya sea la originada en el vidrio o la directa del arco voltaico se trata de luz de velocidades medias. Pero si cambiamos apenas el punto de observación moviendo la cabeza hacia ambos lados de la zona media (dado que a los ojos los tenemos incrustados en la cabeza a diferencia del caracol que los tiene en la punta de tentáculos), en el sentido contrario al de giro del disco veremos luz que llega antes al disco (luz directa más rápida) y a favor veremos la luz que llega después (luz directa más lenta) que la retransmitida en el vidrio. Esto sucede porque el arco voltaico emite esas velocidades de luz mayores y menores y el vidrio no. Por lo que, si nos movemos apenas hacia derecha e izquierda de la zona media, la luz de velocidad f retransmitida en el vidrio deja de verse y la luz de velocidades más lentas y más rápidas se hacen evidentes debido al parpadeo resultante cada vez que se interpone el vidrio.
Este fenómeno deja de manifestarse si dejamos interpuesto otro vidrio entre el arco voltaico y el vidrio móvil, porque las luces que parten del primer disco tendrán todas la misma velocidad f, la que hasta esta demostración se suponía c.

                                           Conclusión

Hice el experimento en Enero del 2009 sin resultados positivos. Los motores sincrónicos de 1.500 rpm son muy lentos y la distancia, 7.500 metros, muy corta, pero... era la única prueba que estaba a mi alcance llevar a cabo.
Es una pena que en veintiséis años no haya logrado que me escuchen, y más cuando se dilapidan siderales sumas de dinero y miles de científicos su vida en teorías y experimentos inútiles.
Los cambios siempre han sido resistidos tanto por motivos extracientíficos como por razonable prudencia. Sin embargo este punto de vista tiene mucho a favor: no propone ideas excéntricas de imposible digestión, sino la generalización de conceptos de uso corriente en gran parte del quehacer científico y tecnológico.
Se sabe que las teorías establecidas no se abandonan solo porque los hechos la contradicen. Hace falta otra que la reemplace. Siendo así como evoluciona la ciencia la reanudación de la revolución copernicana no implicaría cirugía mayor sino algunas abluciones de lógica: solo se trata de extender el dominio de teorías de uso corriente (Newton y Maxwell) sobre el de otra que no sirve.
El paradigma del siglo diecinueve tuvo su crisis cuando fracasaban los intentos de evidenciar al éter y de conjugar la dinámica de Newton, sin referente universal de movimiento, con la electrodinámica de Maxwell (por suponerse erróneamente que el asiento de los fenómenos electromagnéticos era universal). Todos los esfuerzos se abocaban a la absurda búsqueda de un modo de articular dos ideas lógicamente opuestas y antes de reparar en que el éter no existe y en que la luz participa de la inercia de los cristales que la retransmiten, se interpuso Einstein con la teoría que ni él entendió y que todos asintieron.
Maxwell tampoco asumió el principio de relatividad, él basó sus elucubraciones en la existencia de un medio universal como soporte de los campos eléctricos y magnéticos. Para Maxwell, un imán o un cuerpo cargado eléctricamente existen en sistemas distintos al de los campos que generan, lo cual implica el desconocimiento del principio de relatividad. Si Maxwell hubiera asimilado dicho principio, habría dado por hecho que dichos cuerpos y sus campos constituyen un mismo sistema y que las modificaciones en la intensidad de los mismos se propagan en ellos como ondas a la velocidad de la luz.
Por lo tanto es obvio que la velocidad de la luz dependa de la velocidad de la fuente, ya que su medio de propagación no es ajeno sino solidario a ésta: la fuente y el medio de propagación de la luz se mueven a la misma velocidad, son el mismo sistema: el principio de relatividad implica la relatividad de la velocidad de la luz.
Si bien generamos campos magnéticos con corrientes eléctricas y viceversa, resulta evidente que la propagación de la onda electromagnética no se debe al "salto al rango" auto sostenido en la nada entre campos magnéticos y eléctricos tal cual es la interpretación admitida, ya que como se observa en la representación gráfica de ese supuesto fenómeno, las intensidades en ambos campos crecen y decrecen hasta un valor cero simultáneamente. En tales circunstancias no hay modo en que uno genere el otro.
A riesgo de abusar de la paciencia del lector, hay que decir que solo a partir de este enfoque se encarrilaría en la física real. Por fin se erradicaría al espacio referencial que tanto confundiera a los investigadores del movimiento: hizo que Zenón negara sin más la posibilidad del mismo y que Einstein, no menos temerario, pregone la relatividad de magnitudes constantes.
Hemos visto que a partir de Fresnel hubo un espacio absoluto en la progresiva adquisición de propiedades físicas comenzando con la de propagar la onda luminosa negando el principio de relatividad. Lorentz le agrega la de contraer los cuerpos materiales en el sistema de referencia del observador sin que a éste le sea posible conocer la medida de esa supuesta contracción. Einstein innova declarándolo prescindible, pero deja en su lugar dos entes contrarios entre sí: el éter/espaciotiempo de la TRR y el de la TRG cumpliendo la misma función: esconder la nada, negar la relatividad.
La física de Einstein parece funcionar debido a su componente newtoniano, porque cuando propone una misma velocidad de luz para dos sistemas de referencia en movimiento relativo no está utilizando su segundo postulado sino la ley de Newton de acción y reacción para interacciones entre cuerpos a velocidades comparables a la de la luz. Como no es posible que la acción y la reacción sean simultáneas —ya que una es causa de la otra—, hay un tiempo entre éstas, y dadas las experiencias, habiendo una velocidad de transmisión de estas fuerzas, ésta es la de la luz.
Esto se torna evidente cuando tal interacción es por intermedio de un campo eléctrico, magnético o combinado, como en el caso de un espectrógrafo de masas. El tiempo entre acción y reacción es aquí palpable porque disminuye la fuerza de interacción cuando ésta se efectúa por medio de estos campos a velocidades lumínicas.
Entonces, lo que se ve en los espectrógrafos de masas nunca ha sido un aumento de la masa de las partículas con la velocidad, sino una desviación menor de sus trayectorias por causa de la disminución de la fuerza de interacción. Esta depende del tiempo entre acción y reacción, que a su vez depende de la relatividad de la velocidad de la luz.
Según lo expresa el factor pitagórico, esta velocidad de propagación de la fuerza electromagnética es función de la velocidad relativa de los cuerpos que interaccionan. La masa de una partícula no se vuelve infinita a la velocidad de la luz sino que nula la fuerza que habría de desviar su trayectoria o acelerarla.
Al quitarnos de encima la autoridad concedida a Einstein y la presión del actual consenso, podemos ver en el factor pitagórico una expresión newtoniana que no representa otra cosa que la relatividad de la velocidad de la luz en una teoría que dice basarse en su constancia.
Siendo la (anti)relatividad einsteniana un punto de vista de contradicciones conspicuas, cabe la pregunta de por qué Einstein aseguraba que éstas sólo aparentaban ser tales.
La respuesta es que su juicio estaba empañado a negro por la densa atmósfera subjetivista en la que estuvo inmerso durante sus años de formación: estudiaba física con la 'Crítica de la Razón Pura' y libros de Mach abiertos sobre su escritorio.
La autoridad de estos filósofos sin duda pesó mucho en el joven Einstein, ya que en su inverosímil modelo de realidad tal influencia es obvia (de veras que fue consistente cuando dijo: "lo único que interfiere con mi aprendizaje es mi educación"). Limpio de polvo y paja el núcleo de la (anti)relatividad einsteiniana no es otro que el siguiente:
"Cada observador en su sistema de referencia se encuentra en reposo en el éter de Lorentz."
A pesar de que esta elucubración reniega de las inexorables leyes de la lógica, hoy sigue siendo devotamente defendida, lo que demuestra que las teorías no conquistan el mundo porque los análisis exhaustivos conduzcan a los científicos a las mismas conclusiones. Este punto de vista reniega de la lógica porque los sistemas no pueden moverse entre sí y a su vez estar inmóviles respecto a un tercero.
Einstein nunca sabría de su viaje por vías muertas, su universo era el que alucinaba en su escafandra subjetivista:
Según él, cada observador no es lo mismo que todos los observadores: el ser de cada observador no sometido a aceleración es consustancial al éter de Lorentz, por lo tanto, todo lo que se mueva lo hace absolutamente a su respecto, cada uno es un observador privilegiado inmóvil en su propio universo.
No es lo mismo que cada observador sea privilegiado a que ninguno lo sea: es en la relatividad galileana donde no hay privilegios. De ésta no se deduce que a la gente situada en sistemas que no son el propio les pasen cosas raras como que se le atrase el reloj y lucir achatados.
Hemos leído que la genialidad de Einstein fue... subjetivizar la física. Es probable que si alguna vez se sale de este pantano, los años de vigencia de la (anti)relatividad einsteiniana sean recordados como la edad oscura de esta ciencia. La comunidad de la física acompañó a Einstein en su absurdo afán de negar la nada, de negar la relatividad, con las surrealistas consecuencias que conocemos. Hoy la actitud de la comunidad de la física es la misma: los experimentos en la Máquina de Dios, un infierno de recursos dilapidados, se basan en la misma hipótesis… el Universo está inmerso en un ente real: el campo de Higgs, la nada no existe y la relatividad tampoco.
A eso nos lleva el subjetivismo: a transportarnos hacia mundos fantásticos, a inspirarnos solazadas ideas como que “solo yo existo”, “el mundo es una ilusión”, “la realidad depende del observador”, “seres del futuro, o de Alfa Centauri, nos sabotean” y cosas así. La cual no es una actividad menor: es un sano ejercicio para la mente, siempre y cuando no se subordine la ciencia a la fantasía para toda la eternidad, como parecen darlo por hecho los adherentes de la teoría en cuestión.
La relatividad restringida einsteiniana propone, dijimos, que cada observador es solidario al éter de Lorentz, lo cual explicaría, sin abandonar el referente único de movimiento, por qué la velocidad de luz se había exhibido como constante a pesar del movimiento de fuentes y observadores. Era problema del buen Dios si para esto en los sistemas ajenos los metros patrones debían encoger hasta desaparecer, las horas ser eternas y los kilogramos incrementar su masa hasta el infinito a la velocidad de la luz. 
En YouTube con el título "Einstein tenía razón", se encuentra un gráfico móvil, un experimento mental tipo Einstein, que debería convencer de que Einstein no tenía razón al einsteiniano más fanático.

No hay comentarios:

Publicar un comentario