miércoles, 8 de enero de 2014

LA (ANTI)RELATIVIDAD DE EINSTEIN

El escándalo en el que la física está inmersa, y del que casi nadie se da cuenta, ya lleva miles de años. Las aporías de Zenón de Elea y las paradojas de Einstein no son dilemas legítimos, sino la demostración (por reductio ad absurdum) de que sus razonamientos son falsos.     
¿Y en qué se equivocan Zenón de Elea y Einstein de Ulm? En la misma premisa falsa de la que parten en sus disquisiciones: el espacio como un cuerpo universalmente extendido. 
El vacío, la nada, no es un referente de movimiento, pero para Zenón el espacio sí lo era, entonces para Zenón el espacio era un cuerpo.
Para Einstein también el espacio era un cuerpo, ya que según él se expande, se deforma y se agujerea.
Quien debía eliminar de la física la idea absurda de que la nada es un cuerpo era Newton, ya que fue él quien formuló la relatividad de Galileo. 
Según Galileo (y Demócrito) el movimiento es un asunto entre entes existentes, y el espacio es lo que no existe entre lo que existe. Pero Newton hacía carrera en el Trinity College de Cambridge cuyo propósito era formar clérigos, dominado por platonistas. No estaría Newton enterrado en la Abadía de Westminster, rodeado de reyes, si le daba la razón al ateo Demócrito cuyos libros Platón quería quemar. Más le convino a Newton sofrenar y defender la hipótesis del espacio como un ente real. Lo bautizó "Sensorio Divino" y también "Espacio Absoluto". 
Esta claudicación de Newton no afecta el magistral funcionamiento de las leyes relativistas de su dinámica sin completar, pero da pie para que los desinformadores de esta ciencia pregonen arteramente que la física de Newton se desprende de un sistema absoluto, obviando la manifiesta incompatibilidad entre sistema absoluto y relatividad.
Casi doscientos años después Einstein repite, con variantes, dicha maniobra. En lugar de eliminar la premisa falsa (que según sus propias palabras era prescindible e incompatible con la relatividad que decía reivindicar) la rebautizó "espaciotiempo" y mediante insólitas propiedades ad hoc recubrió los resultados experimentales que negaban su existencia.    
Claro que ocultar absurdidades debajo de otras más grandes no soluciona nada, no vuelve verdadero lo falso aunque haya conseguido confundir a muchos. Las paradojas de la teoría de Einstein no son más que las absurdidades más visibles de las que está constituida.

Es posible encontrar gratis en la red el libro de Bryan G. Wallace: The farce of physics

Irónicamente, el espacio es nada para el común de la gente, hasta que el establishment y su "autoridad científica" le impone la idea contraria: que la nada es imposible. Tiene sentido: Quien adhiera a la creencia de que la nada es el cuerpo más grande del Universo... ¿cuán independiente puede ser? En los altos de la pirámide social es fundamental y crítico para su existencia que en los bajos la gente descrea de su propio criterio y que las ideas, o vienen de arriba o son chifladuras. 
La absurda idea del espacio como un cuerpo universalmente extendido es amparada desde hace miles de años desde las alturas de la pirámide social, ¿por qué? porque la misma pirámide social es una construcción de mentiras y absurdidades. La verdad es su enemiga, "la verdad es siempre revolucionaria".
Quizá Ud. piense... "¡Pero si las predicciones de Einstein fueron confirmadas por los resultados experimentales!".
Dichas "confirmaciones" fueron "honoris causa", esto es, "tan convenientes a la élite que merecen ser verdaderas". Las absurdidades anunciadas por Einstein ahora son "fenómenos naturales". 
¿Por qué este afán de mentirnos a todos? Porque urge desviar de su trayectoria la revolución que impulsaron Copérnico, Kepler y Galileo, porque, como ya dijimos, la verdad es enemiga del establishment.  
La revolución copernicana no se agota en que la Tierra no es el referente universal de movimiento, sino en que por fin se establezca en la cultura que nada lo es. Las masas del Universo no se mueven respecto de ningún ente absolutamente inmóvil porque eso no existe, no lo es la Tierra ni el Sol ni el centro de la Vía Láctea ni los imaginarios éter y espaciotiempo.    
Las absurdidades fueron convertidas en fenómenos naturales para no reconocer que el materialista ateo Demócrito tenía razón, para que la verdadera relatividad no se instale en la consciencia de la gente.  

¿Pudo, el error de Newton, no haber sido a propósito?...
Se sabe que fue advertido al respecto por parte de sus contemporáneos. También que gastaba gran parte de su tiempo en actividades incompatibles con el materialismo: Mística, esoterismo, alquimia, astrología... 
Pasaron más de tres siglos y difícilmente a los contemporáneos de hoy nos toque ver el florecimiento de la relatividad.
Que la física de Newton diera todo lo que tenía, que la de Einstein sea su legítima continuación y que la primera esté contenida en la segunda, no son más que falacias. 
Enraizada como se encuentra la falsa relatividad, es probable que a la instauración de la verdadera le tome aún más siglos para regocijo de los enemigos de la verdad, de la verdad como bien común. Al heliocentrismo le tomó dieciocho siglos y al atomismo veinticuatro instalarse en la cultura. 
Los paladines de la relatividad son muy raros. Entre Demócrito y Galileo pasaron veintiún siglos. Pero siempre hay relativistas rasos predicando en el desierto, conscientes de que el materialismo y la relatividad que revelara Galileo en su 'Diálogo sobre los sistemas máximos' son lo mismo.

Más de ocho mil opositores de Einstein figuran en la segunda edición de 'The Worldwide List of Dissidents Scientist'. La casi totalidad de ellos son antirrelativistas: están a favor del éter antiguo. Sin embargo, están en contra del éter moderno, en contra del espaciotiempo. 
Los pocos disidentes restantes son nuestros relativistas. Ellos están en contra del éter moderno y del antiguo. De ahí que nos encontremos en una situación inédita: Los relativistas y los antirrelativistas, con sus enfoques inconciliables, concurren en la misma lista de contrarios a Einstein. ¿Por qué? 
Porque ambos están en contra del espaciotiempo, porque a ambos se les atraganta la absurda tercera opción, la relatividad antirrelativista. 
Gracias a la relatividad antirrelativista los enemigos de la verdad (que privaran de su libertad a Galileo Galilei, que quemaran vivo a Giordano Bruno y que desmotivaran a Isaac Newton) lograron postergar, hasta quién sabe cuándo, a la verdadera relatividad.

La creencia corriente es que Einstein, con un cerebro insólito (con más astrocitos de lo normal), encontró una alternativa invisible al resto de los mortales y que los hechos respaldan. Nada de eso. Los hechos no la respaldan. Su inadecuación es demostrada por la conocida erupción de paradojas (absurdos, sinsentidos... ). Sucede que las élites, desde hace miles de años, prefieren vivir sumergidas en algún absurdo océano universal (sensorio divino, éter, espaciotiempo... ) que expuestas al horroroso vacío. 
Al Horror Vacui no lo sufre la Naturaleza, sino la élite, porque la filosofía materialista pone la crítica a disposición de todos los que quieran pensar, no importa el estrato social que habiten.   
El espaciotiempo es un pastiche que no solo contradice la relatividad, sino que el espaciotiempo de la (anti)relatividad general contradice al espaciotiempo de la (anti)relatividad restringida. 
Descontados los disidentes de la mencionada lista... ¿por qué la (anti)relatividad de Einstein, siendo un absurdo estruendoso, es sin embargo deglutida por los demás físicos del mundo? 
Como dijimos, algunas absurdeces transponen sus faringes rebosadas en el vocablo "paradojas", uso para el cual no aplican sus sinónimos: "contradicciones"; "incoherencias"; "disparates", etc. Al resto de las insensateces quizás no las quieran ver. No es para menos: discrepar de la física comúnmente aceptada y arruinar una carrera en la misma suelen ser la misma e irrecomendable cosa.
Para los antirrelativistas, incluidos Einstein y sus prosélitos, el espacio no está vacío, sino lleno de un cuerpo universalmente extendido: para unos continuo, para otros granulado. Mientras que para los verdaderos relativistas el espacio es nada, es lo que no existe entre lo que existe, lo cual no es óbice para que en cualquier lugar del mismo se traslapen y yuxtapongan todos los campos del Universo. 
¿De qué discrepamos? Discrepamos de que el vacío esté lleno, pero no de infinitos campos infinitos, sino de uno solo universalmente extendido. Los campos no son un efecto que sobre semejante sistema universal provoquen los cuerpos (tal cosa impugnaría el principio de relatividad), sino que los cuerpos y sus campos (gravitacionales, eléctricos, magnéticos... ) conforman sistemas autónomos. 

Una de las tantas contradicciones de Einstein es que habiendo acertadamente declarado innecesario el océano universal llamado éter para la descripción de su "Electrodinámica de los Cuerpos en Movimiento", en sus teorías no encontramos vacío al espacio como sería de esperar, sino que volvemos a empantanarnos en el cuerpo único universalmente extendido que propugnaban los místicos Platón, Aristóteles y Newton, que luego con Huygens y Fresnel devino "éter", solo que ahora no se llama más éter, sino "espaciotiempo" y que, al igual que el éter, no es la nada ya que se deforma, se pliega, se expande y se agujerea. Pero la faz académica de la élite, que tanto horror le tiene a la nada y al materialismo, ha hecho pasar desapercibida su obvia materialidad bajo el eufemismo de "espacio no euclidiano". Los agujeros de gusano —atajos dentro de los cuales Eleanor Ellie Arroway recorría galaxias por segundo en la película 'Contacto'—, vendrían a ser espaguetis de espacio euclidiano a través del espacio no euclidiano. Se ve que Carl Sagan también creía en portentos, debilidad que siempre les reprochara a los creyentes en pseudociencias y mundos de ultratumba.

Dentro del delirio de la física moderna tendemos a interpretar que más allá de los límites del Universo en expansión, por fin está vacío. O sea: no es que la física moderna niegue el vacío, sino que el mismo se encuentra más allá de los límites del espaciotiempo permitiendo su "expansión". Esto genera algunas preguntas: ¿Es la materia sólo posible dentro del globo de espaciotiempo? ¿Podría, acaso, haber cuerpos como estrellas, planetas, cometas, micrometeoritos o partículas escapadas del espaciotiempo y vagando por el verdadero vacío? Por otro lado: si la existencia de la materia fuera solo posible dentro del globo de espaciotiempo... ¿no sería, entonces, imposible viajar dentro de los agujeros de gusano ya que el interior de los mismos es verdadero vacío y no espaciotiempo?
Hablando de la nada fuera del globo de espaciotiempo en expansión... Esto a Hawking le habrá parecido una concesión intolerable al horroroso vacío, ya que leemos en uno de sus mamotretos que el espaciotiempo no se expande en el vacío, sino en un "vacío falso superdenso". Nos encontramos, entonces, ante un espaciotiempo que se expande a una velocidad inmensa venciendo la resistencia de un inconmensurable y solidísimo paredón (¡). 
¿Hasta cuándo seguiremos con estas bobadas? ¿Se reanudará alguna vez el despliegue de la verdadera física?... 
No. 
No mientras la religión haga ventriloquia con los físicos sentados en sus rodillas. 
No mientras la física no sea más que la sirvienta de la tecnología. 
No mientras se solape su verdadera misión: explicar la realidad. 
No mientras a los físicos no se les devuelva la brújula: el espacio vacío del materialismo y de la verdadera relatividad.
El principio de relatividad fue, justamente, lo que el teólogo Newton escamoteó mediante su "sensorio divino" o "espacio absoluto", su versión del antirrelativista océano universal que blandían los místicos Platón, Aristóteles y los monjes de La Escolástica en contra del vacío materialista del ateo Demócrito.
Que las fuerzas de interacción no se transmitan instantáneamente, sino a la velocidad de la luz, no invalida en absoluto la física que Newton abortara, y mucho menos significa que dicha velocidad tenga que ser "independiente del estado de movimiento de la fuente y/o del observador". Al contrario de la interpretación establecida, los mal comprendidos "efectos relativistas" se deben, justamente, a la relatividad de la velocidad de la luz, no a su constancia. Y no se trata de una peregrina ocurrencia; es lógico y manifiesto que así ocurre y así lo expresan, claramente, algunas de las propias y mal interpretadas ecuaciones de Einstein. 
Sucede, como miles de hechos lo indican, que la interacción entre los cuerpos se hace por medio de los campos, y las fuerzas van y vienen por ellos a la velocidad de la luz. Al ser ésta relativa, las fuerzas de interacción y sus consecuencias dependen de la velocidad relativa de los cuerpos que interaccionan y no de que la masa aumente con la velocidad ni de que el tiempo se estire ni del resto de las paparruchas.
Para los pocos que no cargamos con la hipótesis congénita del océano universal, el principio de constancia de la velocidad de la luz es tan falso que no es posible imaginar una pifiada mayor (aún habiendo escuchado toda la vida sobre la cantidad de experimentos que lo respaldan; de que no debería ser considerada una hipótesis, sino un hecho, y el resto de la perorata). La hipótesis subyacente del océano universal no permite, a los que padecen este parásito cerebral, darse cuenta de que el resultado de los "experimentos que lo respaldan" demuestran lo contrario, esto es: la luz participa de la inercia de los espejos en los que se refleja y de los cristales que atraviesa, por lo tanto, la adición newtoniana de velocidades se aplica también para la luz. O diciéndolo de otro modo: la velocidad de la luz medida por Michelson lo era sólo respecto de los cristales y espejos del instrumento en los que se retransmitía, no respecto de cualquier otro sistema de coordenadas.
Debido a la mencionada hipótesis congénita, los resultados de dichos experimentos nunca fueron comprendidos. La verdadera interpretación —coherente con el principio de relatividad galileano que Einstein decía reivindicar— es que la luz no se propaga en un océano universal (ni éter ni espaciotiempo), sino que participa, aunque onda, de la inercia de los cristales y espejos en los que se retransmite. Los experimentos correctos, los que demostrarían este hecho sin más retorcidas interpretaciones, no se hicieron nunca, lo cual el improbable lector bien puede verificar buscando en la red mediante frases como: 'Experimentos que demuestran la constancia de la velocidad de la luz' u otras parecidas. Encontrará que en todos los experimentos la distancia recorrida por la luz es entre puntos fijos en el dispositivo de medición (cristales, espejos, pantallas... ), nunca desde fuentes, cristales o espejos viniendo o yéndose. 
Resumiendo: que las fuerzas de interacción no se propaguen instantáneamente, sino a la velocidad de la luz, no significa que haya que reemplazar la mecánica newtoniana por la quimera einsteiniana; y menos que dicha velocidad sea independiente del movimiento de fuentes y observadores.
Las leyes de Newton implican la relatividad, esto es: No hay un ente real como referente universal de movimiento: no hay sensorio divino ni éter ni espaciotiempo ni campo de Higgs. Por lo tanto, la realidad consiste de átomos, o agrupaciones de ellos, que se mueven unos en relación a otros en el vacío como decía Demócrito de Abdera. Lo anterior no entraña, como veremos, el olvido de las ondas y los campos que existen entre los cuerpos.

Las contradicciones ("paradojas") de la (anti)relatividad einsteiniana deberían inquietar mucho a los científicos —supuestamente, la herramienta inherente a su profesión es la lógica—, pero no. El einsteinismo los ha persuadido de que tales absurdeces no denuncian un error de razonamiento, sino: "una miopía inherente al cerebro humano que el de Einstein no padecía, probablemente por ser distinto en una cantidad inusitada de astrocitos"
Hace más de un siglo que los físicos ignoran las alarmas de la lógica: "No hay contradicciones en la teoría de Einstein", nos dicen, "solo nos parece que las hubiera. Son errores de interpretación de nuestros precarios cerebros tridimensionales, algo así como espejismos o efectos ópticos".
Para retomar el camino de la ciencia hay que volver bastante, hasta los tiempos del materialista Demócrito unos dos mil cuatrocientos años atrás, y esto por dos motivos: Primero, porque la desinformación y el monopolio de creencias está en la esencia de las élites, y los registros y evidencias más famosos del encubrimiento de la verdad nos vienen de la época de este filósofo, de cuando su enemigo, el místico y aristócrata Platón, decidió pasar a mayores intentando quemar sus libros. Y segundo, para ajustar la definición de átomo del filósofo materialista.
La palabra átomo, que significa "sin partes", no se corresponde con lo que hoy llamamos así, esto es, las unidades químicas de materia de la tabla periódica de Mendeleiev, que, como ya sabemos, no son precisamente indivisibles. El atomismo de Demócrito tampoco permite dar cuenta de los llamados "campos", ya sean éstos gravitatorios, eléctricos, magnéticos, etc. Una nueva definición del átomo debería tener en cuenta lo siguiente:
1 - Si el movimiento de los átomos (o de los cuerpos tal que construcciones de ellos) es sólo relativo a otros átomos y cuerpos —y no existen los supuestos medios universales como el éter, el espaciotiempo y el campo de Higgs—, entonces el principio de relatividad galileano es inherente al atomismo de Demócrito.
2 - Habiendo campos alrededor de los cuerpos materiales y siendo universalmente válido el principio de relatividad —esto es: no siendo estos campos manifestaciones locales de un supuesto cuerpo universalmente extendido—, entonces dichos campos y sus cuerpos asociados conforman unidades autónomas.
Los verdaderos átomos no serían, entonces, partículas mínimas. Lo que veríamos como tales —si pudieran verse— no sería otra cosa que centros, o puntos de contacto, de campos infinitos elementales. Los átomos no serían partículas mínimas, sino campos infinitos elementales. 

Siendo los átomos de Demócrito y Giordano Bruno extensos e indivisibles, su extensión no tiene que ser mínima, la existencia de los campos nos revelan su infinitud, lo cual arroja luz sobre el entrelazamiento cuántico: una partícula en ciertas condiciones da cuenta de otra lejana en forma instantánea porque se trata del mismo ente (como propuso Bohm) extendido infinitamente. 
La tarea es descubrir las leyes que rigen la conjunción de dichos campos elementales en la configuración de las partículas conocidas y por conocer. Y a quien le resulte absurdo que lo elemental sea continuo y extenso... también le debería resultar absurdo el continuo espaciotiempo.

Las sombras que durante milenios encapotaron la ciencia de la física —que comenzaba a iluminarse gracias a Galileo— volvieron con el propio Newton cuando éste renegó de la relatividad que él mismo formulara. 
El influyente místico inglés cubrió la nada del ateo Demócrito —la nada es inherente al principio de relatividad— con un supuesto ente real y universal al que llamó "sensorio divino" y también "espacio absoluto". Tal es así que Hawking —suscrito a la corriente anti vacío con Newton, Einstein y casi todos los científicos— en su 'Breve Historia del Tiempo' nos dice que la física de Newton se desprende de un sistema absoluto, lo cual no es cierto y él no puede no saberlo: la dinámica de Newton es relativista y no hay modo de inferir de ella la existencia de un sistema absoluto. Tal es así, que la (anti)relatividad einsteiniana surge, oficialmente, como solución al gran problema del siglo XIX, esto es, la supuesta incompatibilidad entre la relativista mecánica de Newton y el no relativista electromagnetismo de Maxwell, porque según éste todas las ondas y los campos electromagnéticos del Universo son sucesos locales en un medio absoluto llamado éter. Por lo tanto, no existiendo el éter, no habiendo un relleno universal para el vacío —tal fue la conclusión de Michelson después de tanto experimento— tampoco hay incompatibilidad entre la mecánica de Newton y el electromagnetismo de Maxwell.
Los fenómenos electromagnéticos, al igual que los mecánicos, son relativistas, es decir: si los campos y las ondas que ellos difunden no existen en un medio universal, entonces dichos campos son intrínsecos a sus fuentes, a sus cuerpos tal que sus núcleos, conformando ambos (cuerpos y campos) unidades independientes. Por lo tanto, Einstein no solucionó nada porque no había nada que solucionar, salvo que su verdadero objetivo no fuera entender la realidad, sino, al igual que los místicos Platón, Aristóteles y Newton, proponer un modo solapado de resguardar el océano de Dios como creencia colectiva —llámese sensorio divino, éter o espaciotiempo—, el que, como vemos, fue recibido de buen grado por la faz académica de la élite.
Para que el improbable lector se haga una idea de lo lejos que estamos de reiniciar el desarrollo de la mecánica relativista basada en las leyes de Newton, en el 2012 el CERN anunció el "hallazgo" (sideralmente caro) del bosón de Higgs, que vendría a ser la molécula de las que estaría constituido el océano de Dios, la "prueba" de su existencia. 
En este caso, al océano de Dios no lo llaman éter, ni espaciotiempo, sino campo de Higgs. Pero su función es la misma, ninguno de los tres existe, son entes universales ficticios, son argucias antirrelativistas, ideas de plenitud inyectadas en nuestros cráneos para colmar el "horroroso vacío". 
Newton era consciente de que estaba congelando el desarrollo de su propia física, la que hoy debería regir en lugar de esta surrealista "física moderna", y no faltaron contemporáneos que le señalaran la contradicción entre relatividad y "sensorio divino". 
El místico inglés arrumbó la física materialista y se abrazó al "sensorio divino", en discordancia con los grandes aportes a la ciencia que se le atribuyen, porque, siendo teólogo, astrólogo y alquimista, no podía ser tan científico como nos han hecho creer. Lo cual quedó claro cuando se conocieron los escritos de su autoría que contenía el baúl que compró en un remate el economista John Maynard Keynes: El Newton científico que conocemos fue enriquecido mediante la poda de la religión y de las pseudociencias que lo constituían en su mayor parte.
Como ya dijimos, Newton renegó de la materialista y atea nada para no ser eyectado de una Cambridge dominada por platonistas y cuya verdadera función era formar clérigos, y para no compartir bancada e ir al infierno con el impío Demócrito y demás materialistas ateos.  
Sabemos que Newton vivió ochenta y cuatro años y que desde los cuarenta y uno no hizo nada por desarrollar su mecánica. En vez de eso, el resto de su larga vida lo dedicó a la magia, a borrar de la historia algunos de sus contemporáneos científicos y a recibir los máximos reconocimientos y honores... ya no sabemos si por sus grandes contribuciones a la física o por haber paralizado su desarrollo. Hoy a nadie le dice nada que Newton, dedicado la mayor parte de su vida a la magia, resulte el mayor científico de todos los tiempos y que haya tenido una vida y una muerte de reyes, mientras que el relativista Galileo, un ejemplo de coherencia científica, haya vivido sus últimos años preso y humillado a pesar de haber sido un mimado de poderosos y gran amigo del papa.
Se ha pretendido dar razón de las distintas suertes de Galileo y Newton apelando a sus distintas circunstancias. Si vamos a analizar tales diferencias no nos olvidemos de la diferente actitud de ambos frente a la relatividad: Galileo la mostró al mundo y Newton la escondió. 
Desde entonces comenzó toda una industria de artilugios para llenar la nada y en la cual se dilapidan siderales cantidades de dinero para respaldar sus supuestas existencias: entre los más notorios el Gravity Prove B para demostrar que la nada está llena de espaciotiempo y el LHC para demostrar que está llena de Higgs.  
Aunque creemos que es cosa del pasado, todo sucede como si intereses perversos —de los que obligaron a Galileo a decir públicamente que el Universo gira alrededor de un eje que justo pasa por el centro de la Tierra, no hubieran dejado nunca de manipular el conocimiento, de aturdir a la humanidad con incongruencias ataviadas de verdad científica y de instaurar desinformadores como grandes genios de la física.
Hoy, por estar la cultura enterrada hasta las cejas en el pantano einsteinista, hasta parece inocuo, inocente, sin importancia para el progreso de la ciencia, el que un científico participe también de las creencias enemigas de la misma. Así estamos, con científicos creyendo, entre tantas otras absurdeces, en mundos de ultratumba, en santones hindúes y tibetanos, en gente que vive actualmente en el pasado y en el futuro o en otras dimensiones y que nos visitan, y en que viajamos frecuentemente, desdoblados, al futuro (avalado por el American Institute of Physics, de Nueva York). Nadie debería reírse de las creencias del pasado porque las de hoy son mucho más desquiciadas y ridículas: ¿Es el hombre intrínsecamente irracional o lo es por obra de las infames pirámides sociales, rampas idóneas para el ascenso e instauración de obsecuentes, inescrupulosos, manipuladores y psicópatas en las cúspides?
El "horror al vacío" de Newton es el mismo que el de Platón, Aristóteles y los teólogos escolásticos enemigos del materialismo y destructores de la obra del atomista Demócrito. El porqué de esa actitud antivacío (antimaterialista) es consistente con que no se establezca que la realidad consta sólo de átomos y vacío, y que no hay un dónde para un trasmundo pleno de vida ultraterrena acondicionado para una esplendorosa (u horripilante) estancia eterna de miles de millones de almas. 
Es por ello que los milenarios átomos nunca serán admitidos (nos referimos a los verdaderos, porque no podemos llamar Sin Partes, por ejemplo, al "átomo" de Uranio 238, ya que consta de casi mil contando solo fermiones), y el vacío en serio, del que nada sale y en el que nada desaparece, tampoco. No hay más que ver los siderales costos disipados por el Gravity Probe B y el LHC (La Máquina de Dios), para que siga establecido que el vacío relativista es imposible, que el Universo es un lleno, un lleno antirrelativista de bosones de Higgs, según el CERN; un lleno antirrelativista de espacio consistente, según Platón, Aristóteles y la Escolástica; un lleno antirrelativista de sensorio divino, según Newton; un lleno antirrelativista de éter luminífero, según Huygens y Fresnel; y un lleno antirrelativista de continuo espaciotiempo, según Einstein.
Por eso es que, a pesar de la polémica entre Newton y Huygens sobre si la naturaleza de la luz era corpuscular u ondulatoria, el espacio absoluto del primero y el éter luminífero del segundo, y más tarde el espaciotiempo de Einstein y el campo de Higgs, tienen el mismo propósito: ocultar la nada porque en ella es imposible la supuesta compensación post mortem de las carencias impuestas. Miles de millones de pobres incordiarían exigiendo a las élites, esencialmente egoístas, justicia en vida, es decir, un mundo totalmente distinto.
Según las cuatro hipótesis mencionadas, todos los cuerpos del Universo se encuentran inmersos en un ente universal, luego, son cuatro artimañas contra la nada, contra el vacío en serio, contra la relatividad; son cuatro obstáculos para la intelección del mundo. Las cuatro son funcionales a la magia y al creacionismo porque de la verdadera 'nada' nada sale, no como la nada de la Biblia y de la física moderna de la que brotan universos.
Para más confusión, cuando a principios del siglo XIX se confirmó la naturaleza ondulatoria de la luz, se interpretó que Huygens estaba en lo cierto al postular al sistema universal llamado éter como medio de propagación de las ondas luminosas, y como la existencia del espacio absoluto también se daba por sentada —si bien para Newton la luz era de naturaleza corpuscular—, por qué no suponer que el de propagar la luz fuera una de sus virtudes.
Con el advenimiento del electromagnetismo, Maxwell —nacido y conformado dentro del clima antirrelativista—, dio por descontado que el asiento de los campos eléctricos y magnéticos y el medio de propagación de la luz era un sistema universal, llámese éter o espacio absoluto con los atributos que hagan falta. Este es el motivo por el cual, alrededor del año 1870, la física estaba separada en dos teorías adversas: la mecánica (relativista según su formulación) y el electromagnetismo (no relativista debido al enfoque sesgado de Maxwell). Tal separación no era real, sino generada por la suposición de que los hechos eléctricos y magnéticos acontecen en un ente universal y no en el sistema de la fuente como lo dicta el principio de relatividad.
Unir el éter y la relatividad significa inventar una teoría en base al éter y sin él a la vez. Tal cosa no es posible y ningún supergenio puede hacer nada al respecto, pero se le concedió a Einstein reconocimiento por este logro inexistente.
Hemos leído que —gracias, según dicen, a la inaudita cantidad de neuroglias en su cerebro y a un cráneo tan abultado atrás que preocupaba a su madre—, Einstein inventó la teoría que a pesar de prescindir del éter se basa en el éter.
Para satisfacer la primera condición tiene que cumplir con el primer principio, el de relatividad: el éter universal no existe. Y para satisfacer la segunda condición tiene que obedecer al segundo principio de su teoría: una única velocidad en el vacío para la luz... entonces para Einstein el éter —o como se quiera llamar: espacio absoluto o espaciotiempo— sí que existe porque una única velocidad para la luz es la condición de su existencia, ya que como medio ondulatorio único no admite ondas viajando entre los cuerpos a cualquier velocidad; proponer una única velocidad para la luz y admitir la existencia de un medio universal para su propagación es lo mismo.
Vemos que para Einstein y para los físicos actuales, igual que para Parménides, Zenón de Elea, Platón, Aristóteles, Newton, Huygens, Young, Fresnel, Maxwell, Hawking, etc. la nada es imposible.
Einstein en su artículo 'Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento' nos advierte de la contradicción entre ambos principios, pero enmarañado por sus prejuicios la supone aparente y sobre tan absurdo fundamento construye su "teoría". En realidad, no construye una teoría, sino un derrumbe que no explica nada, pero nos lo impusieron como si explicara mucho. La ciencia cuyo valor supremo es la verdad y la lógica su instrumento fue desmantelada. Sin la lógica como faro no hay lo que deje expuesto al engendro de Einstein, y los ámbitos reservados a los científicos se han llenado de místicos, extáticos «por la síntesis entre religión y ciencia».
No había nada misterioso en la conciliación de la mecánica de Newton y el electromagnetismo de Maxwell como se creía en el siglo diecinueve, no hacía falta la antirrelatividad einsteiniana: pasaba que el éter les nublaba el entendimiento.
De acuerdo con el principio de relatividad, el asiento de los campos (eléctricos, magnéticos, gravitatorios... ) no puede ser el sistema universal al que se apegan los físicos, por lo tanto debe ser propio de cada sistema. La calamidad que representa la teoría de Einstein es consecuencia de no haber advertido este detalle: los campos pertenecen al sistema del cuerpo que es su centro, su núcleo, lo cual no puede ser de otro modo:
Suponga un campo magnético que tiene como fuente un imán de hierro. El campo y el hierro constituyen un mismo sistema desde el hierro hasta el infinito; campo y hierro están en reposo el uno respecto del otro; cualquiera fuera su velocidad respecto de un observador, hierro y campo van juntos a la misma velocidad; la forma del campo no será distorsionada por causa de ninguna velocidad relativa entre el hierro y un supuesto medio universal.
Si el imán como fuente produjera variaciones en la intensidad del campo, tales modificaciones se propagarían desde el hierro hacia el infinito a la misma velocidad, la calculada por Maxwell, en todas direcciones. Por lo tanto, no sería posible, por medio de un experimento —electromagnético en este caso—, medir la velocidad absoluta del hierro estando en el sistema del mismo: la relatividad sería corroborada.
Pero Maxwell se había formado, dijimos, en un clima antirrelativista. El creía que el hierro y su campo existen en diferentes sistemas. El campo existiría en el éter (o en el espacio con propiedades manifiestas), lo cual contradice la relatividad, ya que la forma del campo sería una función de la velocidad del hierro. Si el hierro generara variaciones en la intensidad del campo, tales cambios se propagarían como ondas desde el hierro hacia el infinito. Si el hierro estuviera inmóvil en el éter (velocidad absoluta nula), tales ondas se alejarían de su fuente a la misma velocidad en todas direcciones. Pero si el hierro tuviera velocidad respecto del éter, las ondas ya no se alejarían a la misma velocidad en todas direcciones, lo cual sería más evidente cuanto mayor fuera la velocidad del hierro, lo que, contrariamente a la relatividad, permitiría medir la velocidad absoluta del mismo, que fue lo que pretendieron hacer Michelson y Morley. 
Los fenómenos electromagnéticos son creados en el sistema de su fuente y no en uno universal. La luz se propaga en el sistema de su origen de trayectoria, y como cualquier ente real, participa de la inercia de aquel, como bien lo explicara Galileo en la segunda jornada de su 'Diálogo sobre los sistemas máximos'.
En el siglo diecinueve los físicos tenían que escoger entre si el campo pertenece al sistema de su fuente o a uno universal. La segunda opción es antirrelativista, pero fue la elegida ¿A qué se debió semejante pifia? 
Si es una pifia, y no un sabotaje, la causa debe ser una desventurada analogía con la atmósfera, ya que en ella estamos inmersos y ella transmite ondas, de sonido, a velocidad única respecto de su medio. Tal analogía no corresponde a la luz en el vacío, ya que, en el caso del sonido, la fuente y el medio de propagación pertenecen a diferentes sistemas. Pero la creencia subyacente es que las estrellas, planetas y todo lo que flota por el cosmos, están inmersos en una especie de atmósfera universal, la cual debería propagar las ondas electromagnéticas a velocidad única a su respecto. 
En semejante universo no hay relatividad, y tal concepción errónea explica todos los intentos de medir la velocidad de la Tierra en la "atmósfera universal".
La idea de luces viajando por el vacío con diferentes velocidades no cabe en el cráneo del que padece de éter. Quien piense que la luz no puede viajar a diferentes velocidades en el vacío es un creyente del éter, porque ésta es la condición del mismo: no puede haber más de una velocidad de onda en un mismo medio de propagación.
Según la relatividad bien entendida, la luz se propaga a una única velocidad pero en su propio medio de propagación, en su propio sistema de referencia donde fue originada su trayectoria. Entonces, la luz no tiene por qué viajar a velocidad constante respecto de otros sistemas.
La velocidad de la luz es inevitablemente dependiente del estado de movimiento de la fuente y el observador. Como es de esperar, la composición newtoniana de velocidades es aplicable también para la velocidad de la luz, ¿por qué no se han detectado, entonces, diferentes velocidades de luz? Porque no se han utilizado, ni pergeñado aún —debido a una enredadera de prejuicios—, los instrumentos adecuados. Demostrar la relatividad de la velocidad de la luz no genera más dificultades que los experimentos de Fizeau de hace ya un siglo y medio. Sólo hay que evitar que la luz procedente de una fuente móvil se retransmita en espejos y cristales inmóviles en el recorrido de la luz a observar.


La idea de diferentes velocidades de luz en el vacío es aceptada una vez que se entiende la razón, pero la constancia de la velocidad de luz sólo por confianza irreflexiva en el principio de autoridad. Si tal concepto fuera verdadero, dos rayos de luz provenientes de dos fuentes en diferentes estados de movimiento deberían recorrer en el vacío, sin ningún tipo de interferencia en su trayectoria, una misma distancia en un mismo tiempo. O, de modo más lapidario, un mismo rayo de luz debería recorrer en el mismo tiempo la misma distancia en dos sistemas de referencia distintos. Imposible, sin embargo, eso es lo que dice el principio de constancia de la velocidad de la luz. Ninguno de los experimentos que se mencionan como evidencia de la validez del segundo postulado cumple con esta necesaria condición. Contra todo criterio razonable esta simple prueba nunca se hizo y su resultado no daría lugar a aberradas interpretaciones como con todos los experimentos anteriores. Lo que siempre han demostrado tales experimentos es que la luz participa de la inercia de su origen de trayectoria. Claro que esa no es la interpretación oficial, pero, como el lector bien puede verificar, las luces observadas en dichos experimentos nunca partieron de fuentes en movimiento.

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